Seis argumentos (tibios) contra la retórica barata



I


La retórica del liderazgo populista arropa un misterio tan siniestro como contemporáneo: una efectividad comunicacional sorprendente.


No importa si se trata de un mensaje repleto de lugares comunes o de otro construido sobre mentiras. Divide, dice el dicho... y ya sabemos cómo termina.


¿Predecible? Sí, pero funciona. Como el sistema binario.


Es alucinante.


Por ejemplo, el discurso de la izquierda más rancia asume siempre, incluso desde un poder hegemónico, el falso rol de víctima protectora del pueblo, y construye enemigos internos y externos a los que hay que controlar "por el bien de la patria y los desfavorecidos".


Es algo de manual.


Lo sé porque vengo de Venezuela, un país socialmente destruido por el cinismo, la codicia y la mezquindad de sus dictadores.


"Jamás entregaremos nuestras riquezas a potencias extranjeras", repiten aún, aunque no es cierto, sí las entregan, a las potencias que les caen mejor. Y a sus propios familiares. "Nunca permitiremos que nos humillen las hienas carroñeras del colonialismo", repiten aún, y yo pienso en el ciudadano común que sobrevive a duras penas entre el dolor, la resignación y la oscuridad. Y también pienso en el ciudadano común que, aun sufriendo, repite estas frases en su día a día porque tal vez le resulte gratificante sentir que se enfrenta a un imperio. Como hace cinco siglos.


Por favor, la fallida invasión a Bahía de Cochinos ocurrió en 1961. Han transcurrido sesenta años, y aún leo discusiones en redes y medios de comunicación que reproducen tópicos de entonces.


¿Será cierto que ya llegó el siglo XXI?



II


Para regular su temperatura, a medida que toma tintes totalitarios, esta retórica populista de izquierda suele adquirir la capacidad de ajustarse a los conflictos desde el "buenismo". Por eso cada tanto se reelabora un segundo nivel de relato, una línea argumental que dice que ellos, a pesar de estar asediados, son comprensivos como solo puede serlo el mejor de los padres.


Se muestran dispuestos a dialogar y simulan tender su mano para "mejorar" todo aquello que han destruido los "traidores" y los "infiltrados".


Una cartilla clásica.


Y como trampa es estupenda, hay que admitirlo. ¿Quién no quisiera mejorar las cosas "por las buenas"? Yo sí.


Ahora bien, ¿les basta solo con esta persuasión gastada y hueca para justificar sus crímenes? Desde luego que no, pero la palabra —el verbo— es muy importante. Lo es para el marketing y también para la geopolítica.


La tiranía en Venezuela ha sido tan eficaz en blindar un sólido aparato de propaganda como en sostener lealtades a partir del abuso común. Aquí hay otra clave importante.


Este tipo de regímenes se mantiene a flote porque los mafiosos con más poder tienen cientos o miles de contactos, y estos, a su vez, otros miles, y estos, a su vez, otros miles, y así se construye una inmensa red de camarillas que obtienen minucias, pequeños placeres, y necesitan seguir adelante al margen de la moral y la ética mientras todo se desmorona. Manipulan reglas y creencias, tergiversan valores, edifican nuevas formas de intercambio y subsistencia.


Es un sistema podrido. Una red oscura, a veces irregular, a veces informal. Cualquiera que se haya enredado en ella puede temer por las consecuencias ante un posible cambio. Ninguno querrá perder. A esto se le dice salvar el pellejo. Y para eso es importante —es mejor— contar con un discurso que los haga ver como víctimas que se defienden de algo atroz.


Valdría la pena preguntarse cuántos militares de alto rango en ejercicio desean hoy modificar esta realidad espantosa que tiene a millones de venezolanos pasando hambre o mendigando por el mundo. Una realidad que empobreció a la mayoría de un país para enriquecer a unos pocos funcionarios que controlan accesos, rutas, intercambios, recursos y leyes a su antojo.


Es imposible saberlo con datos exactos, pero algo tengo claro: quien está en el poder, gozando sobre la miseria del resto, no querrá que esto cambie.



III


La protesta de calle en Venezuela ha sido criminalizada. Cada vez que veo protestas en otros países pienso en eso. Y por esta razón me suelo poner siempre del lado de los manifestantes, en especial cuando son reprimidos de forma brutal por las fuerzas de seguridad estatales. Me da lo mismo que sea en Santiago, en Sao Paulo, en Caracas, en Bogotá, en Managua, en Minnesota, en Barcelona o en Rangún.


En la actualidad, oponerse públicamente a la tiranía chavista tiene un coste elevado, el mismo desde que el mundo es mundo: vigilancia, chantaje, amenaza, tortura, cárcel o exilio. Eso dependerá de con quiénes te metas, del alcance que tengas, de los intereses que toques y del humor del garrote. Ha habido, incluso, algunos a los que han "suicidado", que no se olvide.


Por otro lado, muchos medios impresos, radiales y televisivos han sido asfixiados, comprados o silenciados. Los derechos humanos y la libertad de expresión en mi país tienen más o menos el mismo valor que la moneda nacional o el papel higiénico.


Por eso no deja de parecerme curioso que haya quienes prefieran callar o voltear la cara ante esta canallada porque están hartos de que todo sea Venezuela, Venezuela, Venezuela, porque el neoliberalismo o el capitalismo también resultan muy perniciosos y porque se supone (hay quienes lo suponen y no son pocos), que Maduro y su clan representan algo distinto.


Entonces: ¿es o no es efectiva la propaganda?



IV


Claro que también existe la retórica del liderazgo populista de derecha, que es terrible y peligrosa, con ella ocurre algo similar (bendito sistema binario, que vuelve tan simple el odio).


Sus tintes son tan conservadores como antiguos y arbitrarios: "familia y propiedad, orden y grandeza".


Solo sus medidas salvarán a los niños y les sembrarán valores que nos alejarán de la destrucción de las drogas, dicen; de "enfermedades" como el feminismo y la homosexualidad, del terrible flagelo de los pobres y migrantes, esos repugnantes hampones que cambian de país, de continente o de cultura solo para quitarles sus trabajos a los maravillosos habitantes de ese nuevo lugar al que llegan.


¿Es que no lo ven? Ensucian "nuestras" aceras y se "roban" a nuestras parejas, dicen indignados. Cuando leo este tipo de comentarios, siempre me asalta la duda: ¿serán bots o personas reales?


No estoy tan seguro, pero mucho me late que hay más de los segundos que de los primeros.


Según esta misma retórica, cualquiera que apueste por el bien común o por políticas de inclusión es sospechoso de ser comunista y, claro está, de no bañarse nunca. Ellos son blancos y castos, creen en Dios y lo conocen mejor que nadie; el resto, todo el que no piensa igual, es un progre jediondo, un negro amenazante o un moro sin recursos. Un abortista. Un miserable que defiende la pedofilia. El que no estudia y no trabaja es solo porque no quiere. Deberían morirse, piensan. No es algo que me he inventado, es algo que he leído y también es algo que he escuchado: "Para que esto se arregle hay que acabar con 350 mil carajos de esos".


Habiendo vivido casi cinco años en Colombia, un país atravesado de forma transversal por su violencia histórica (y también actual), y teniendo ahora un año en España, un país definido por los fantasmas de la Guerra Civil y del franquismo, puedo decirlo: en esas andamos, con sus matices.


Y justamente por todo lo anterior es que a veces me cuesta entenderlo.


No es que yo espere que todo el mundo piense de la misma manera, mucho menos de la misma manera que lo hago yo, pero que haya tanta gente tragándose ese tipo de postulados panfletarios, que haya tantos defensores a ultranza del barrabravismo político me parece desconcertante.


Hasta que pienso en los terraplanistas y se me pasa.



V


Claro que es efectiva la propaganda. Tanto lo es, que a partir de esta dicotomía surge otro desprecio automático. Funciona de esta forma: se puede llegar a tolerar algunas veces aquello que más se nos opone, pero casi nunca lo que queda en el medio.


Por ejemplo, si tú, que estás leyendo esto, no estás para nada de acuerdo con ninguna de esas dos líneas antagónicas y maniqueas, ya tienes mote: eres un tibio. O una tibia.


Asco.


Lo anterior forma parte de la misma retórica barata, según la cual todo el que no esté contigo, estará contra ti. El autoritarismo tiene pegada.


No atrincherarte como un fanático te convierte en el peor de los enemigos, aquel al que ni siquiera vale la pena despreciar, un debilucho que no es capaz de confundir la realidad con sus deseos. No lo olvides: a la guerra hay que ir siempre, déjate de análisis y compra tu banderita del día, solo así serás parte de la discusión que vale.


Hay que ser efectivo.



VI


Pues no.


Yo me sigo negando a ver de esta forma las sociedades en las que vivo.


Seré tibio e impopular, pero creo que el progreso, la evolución, el bienestar y la reivindicación de los derechos humanos no pasan por asumir como "verdades bíblicas" las ideologías más anacrónicas, incendiarias y simplistas de la política partidista.


Lo he notado en Venezuela, en Colombia, en España. Y también en Estados Unidos y en Brasil.


Levanta la cara, mira a tu alrededor, reconoce la historia de cada lugar. Es bueno y también es importante definirse, estoy de acuerdo, y además es cómodo decir que eres de izquierdas o de derechas. ¿Pero eso qué significa? ¿Que te tragas y repites todo lo que diga aquel que se opone a lo que tú desprecias? ¿Con eso te basta?


A mí me parece estupendo que luches, faltaba más.


Lucha con fuerza y con brío, pero no estaría mal que lo hagas después de analizar y reflexionar un poco sobre cada aspecto que te incomoda, que te duele, sobre aquello que quieres cambiar para mejorar tu entorno. No como un fundamentalista. Y menos como uno de teclado.


También podrías hacerte más preguntas. Todos nosotros, digo. Todas las que queramos.


Las preguntas son poderosas porque a veces nos hacen dudar, exactamente lo que no se le permite a alguien que está entrenado para matar a otro.


Yo en ocasiones me pregunto si será que me estoy haciendo las preguntas equivocadas, por ejemplo. O si habrá algo grueso que no estoy viendo y los demás sí. O si hay algo que no estoy viendo solo porque no quiero verlo. Me pregunto, directamente, si será que soy un pendejo.


En este momento, de hecho, me estoy preguntando si todo esto que he escrito sirve de algo. ¿A quién le sirve esto? ¿A quién le importa?


Me pregunto si estaré o no completamente equivocado.


Y no pasa nada con eso, no me inquieta. Ojalá que pueda preguntármelo más a menudo.


Porque algo sé.


Sé que pensar es gratis, como ese aire que respiramos todos por igual. Y que eso es lo que estoy haciendo ahora. Porque me gusta y porque pensar es lo que me ha ayudado a construir una dimensión ideológica lo suficientemente sólida como para que no la haga tambalear ningún charlatán de turno con sus odios y sus ansias de poder.

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