Para que dejemos de joder un poco

Actualizado: abr 23



Los territorios, con sus distintas extensiones y topografías, con sus atmósferas y riquezas naturales, con sus fragilidades, ausencias y variables, suelen ser parte de una exploración, de un trayecto, y por lo tanto, al menos desde nuestra intervención, desde nuestros recuerdos y proyecciones, pueden tener también un principio y un final.


Pensada de esta forma, creo que podemos mapear la ficción, o nuestras ficciones, y recorrer con el índice los muchos viajes que hemos emprendido desde niños, incluso sin darnos cuenta.


Podemos decir, por ejemplo, que hay ficciones montañas y ficciones riachuelos, y también decir que hay ficciones vírgenes y otras un poquito más megalópolis.


Hay ficciones en perspectiva, con un punto de fuga que baila con el sol hasta que cae la noche. Y hay ficciones en las que provoca quedarse a vivir.

Hay ficciones poliédricas y otras más bien planas, casi unidimensionales. Hay ficciones que esconden un tesoro y ficciones que dibujan espejismos.

Hay ficciones invisibles, como aquellas inolvidables ciudades de Ítalo Calvino, y hay ficciones —qué duda cabe— aún inexploradas.


Hay ficciones desérticas. Ficciones riscos. Ficciones aéreas. Ficciones que son una incógnita. Hay ficciones siderales y ficciones antiguas como un macizo. También hay ficciones leves, hechas para pasar el rato durante el fin de semana.


Gracias a las trampas del tiempo, en medio de todas ellas, azotados por el clima, los insectos y el ruido, anonadados con sus nubes y parajes imponentes, atraídos con los puentes atirantados y las luces y los rascacielos, acostumbrados al intercambio incesante y sometidos por nuestros propios deseos, estamos nosotros, unas veces rodeados de silencio y otras de un misterio infernal.


De aquellas primeras ficciones que leí de niño recuerdo una enciclopedia ilustrada de piratas y otra de próceres latinoamericanos, lo cual, visto lo que hoy leo, escribo y publico puede resultar un tanto curioso, porque no tengo mayor inclinación por los libros de aventuras ni tampoco por la literatura histórica.


En cambio, creo que sí heredé algo de esa mirada ensayística, muy entre comillas, de las distintas trivialidades y torpezas de las clases populares que planteaba Condorito, aquella revista con viñetas que iban desde la media hasta la doble página, con personajes caricaturizados y un humorismo elemental y machista, que a mí prácticamente me hipnotizaba.


Más allá de la programación televisiva de entonces, con El Zorro, el Llanero Solitario y los dibujos animados, mención aparte para el Correcaminos, aunque yo siempre sentí una conexión más genuina con el Coyote; Tom & Jerry, aunque a veces llegué a molestarme un poco con ese ratón escurridizo; la Pantera Rosa (nunca entendí si era hombre o mujer, pero me cautivaban sobre todo su música, el swing de su caminar y esa especie de insinuación nocturna); Las olimpiadas de la risa de Hanna-Barbera, veinticuatro episodios que vi siempre con el deseo morboso de que le fuera muy mal al equipo de los Súper Scooby-Doo (porque no me gustaba Scooby-Doo y porque ellos casi siempre ganaban); y La carrera de las autos locos de la misma productora, una oda a la idea de que cualquiera que no fuera como el villano Pierre Nodoyuna podía triunfar, y donde escuché por primera vez la palabra alambique (que por algún motivo que entonces desconocía me generó una inquietud premonitoria); más allá de esta programación, decía, el inicio de mi exploración infantil por los vastos e interminables territorios de la ficción se lo debo a mi tío Álvaro, que vendía libros y enciclopedias puerta a puerta, y también a la inexistencia de los llamados teléfonos inteligentes.


Como me aburría yendo al supermercado con mi mamá para hacer las compras del mes, ella me solía regalar una nueva edición de Condorito para que me entretuviera mientras la acompañaba. De esa forma lograba que yo dejara de joder un poco pidiéndole a cada rato volver al pasillo donde estaban las galletas de chocolate. De lo contrario, hoy sería, quizás, algo más parecido a un youtuber o a un campeón del Candy Crush.


Yo fui el hijo único de una madre soltera, de modo que muchos de mis vacíos temporales, mientras estaba a solas, aprendí a llenarlos con la música de la radio, con la voz de sus locutores y con mi imaginación. No escribía, pero recreaba mundos. Mi juego más común era inventar torneos deportivos en los que yo era todos a la vez, árbitro y contrincantes, y en los que por alguna extraña razón, aunque a veces hiciera pequeñas trampas, mi equipo favorito casi nunca ganaba.


Recuerdo que poco tiempo después, gracias al regalo de cumpleaños que me dio un adulto, de estos adultos que piensan que un niño no solo debe divertirse a secas, sino también aprender algo, un adulto con una sólida fe en las posibilidades didácticas, un adulto cariñoso y cándido pero de seguro muy aburrido, me aficioné a construir mundos con un juego de mesa llamado Arquitectonic: eran unos palitos de plástico de diferentes colores y dimensiones que se podían ensamblar a través de sus puntas dobles y de sus pequeñas intersecciones transversales, que formaban orificios alargados.


A mí no se me hacía difícil ver un avión rojo, verde y amarillo donde otros veían un desastre, ni imaginar un conjunto de edificios donde mi madre, que entonces suspiraba porque creía que su hijo sería arquitecto o ingeniero, veía con ternura un reguero de cubos mal armados.


Como ocurre con muchos chicos, y también con no pocos adultos con problemas de ego que se disputan el poder, al final de cada tanda sentía cierta fascinación por desbaratar de un manotazo lo que me había tomado varias horas construir. A la luz de hoy podría decir que esos ejercicios fueron el anticipo de mis primeros borradores lanzados a la papelera.


Durante mi pubertad y mi adolescencia leí poco, poquísimo, a pesar de que siempre iba al kiosco de la esquina para que me permitieran hojear la prensa deportiva. De hecho, en el liceo, cuando los profesores nos pedían que leyéramos una novela, yo era de los que prefería ver si existía una versión en película o, en su defecto, esperar a que alguna de mis compañeras más adelantadas hiciera un resumen y me lo vendiera.

Sin embargo, al llegar a la universidad, una carambola de la picardía me llevó al teatro, ese otro magnífico territorio de la ficción. Desde entonces mi vida fue una nueva.


Esperar al Godot de Beckett y ser el autor de los Seis personajes de Pirandello, o convertirme en la puerta que cierra la Nora de Ibsen en su Casa de muñecas, o ser el silencio de La más fuerte de Strindberg, o ser El malentendido de Camus o ser El rinoceronte de Ionesco o ser cualquiera de las mujeres de García Lorca o preguntarme, como hizo Edward Albee, ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, me ayudó a aumentar mis dudas y a espantar mis vanas certezas. Eso es algo que nunca voy a olvidar. Algo que siempre sabré agradecer.


A partir de esa época quedé marcado.


Barbarrojas, Bolívares y Sanmartines, Yayitas y Gargantas de Lata, caricaturas y locutores de radio en frecuencia AM, torneos con sabor a derrota anticipada, construcciones imposibles y películas en VHS como táctica para la evasión, todas ellas, o todo eso, sin que yo lo supiera, me estaba alimentando y le estaba dando paso a los dramas universales del teatro, a veces con la dudosa actuación de mis amigos entrañables.


Los minerales de ese territorio irregular y maltrecho, gestado con inocencia y alegría, estaban ahí, burbujeando como la lava de un volcán a medio dormir, esperando a convertirse en poemas cenizas o en relatos de humo.


Quizás sea por eso que mis ficciones son como son: una porción maltrecha de una callecita de pueblo, los minutos de una vida que se esconde porque no quiere mostrarse en pleno, el poder de la cotidianidad, un melodrama con jazz de fondo, el humorismo de cantina y las ciudades de colores con huecos, la renovada ilusión del viaje y la intimidad como triunfo frente al peso de lo público, el golpe bajo a los que pelean con coraje.


Es allí, en la confusión de mis recuerdos transfigurados y en el juego cruel de las utopías, donde nacen ese par de preguntas que, desde el placer de la lectura, considero que ha de hacerse todo explorador de ficciones. Primero: ¿por qué escribo? Y segundo: ¿por qué escribo lo que escribo?


Aquí lo importante es no responder rápido. Incluso, no responder nunca, pero nunca, también, dejar de pensar en cuáles serían esas respuestas.


Es posible que en mi reciente libro de cuentos, llamado Gancho al hígado, donde la literatura está planteada como un combate y donde el combate está planteado desde las distintas formas de la renuncia, se encuentren algunos caminos antes de la campanada del último round.


También es posible que no, pero en cualquier caso espero que después de terminar su lectura puedan contarle a sus madres o a sus hijos o a sus parejas o a sus nietos que se han entretenido y les pidan, por favor, que los lleven al pasillo adonde están las galletas de chocolate.


Insistan.


Quién quita y en una de esas, para que dejen de joder un poco, les compren otro libro. Y otro. Y otro. Y que con ellos se abra por cada supermercado, por cada feria, por cada peldaño de biblioteca, un nuevo territorio sin tiempo ni final, como la memoria que viaja hacia el futuro y atraviesa la muerte.


Y si no, no importa. Todos sabemos lo sabrosas que son las galletas de chocolate.





#GanchoAlHígado Lectura realizada en la Miami Book Fair del 2018 como parte de la mesa titulada «Por los territorios de la ficción», junto a las escritoras Elia Barceló y Ana María Shua.

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©2018 by Leo Felipe Campos