Mientras uno de nosotros viva

Aproveché algunos contactos para ganar dinero. En el grupo de teatro me ofrecieron un monto pequeño por manipular el seguidor durante la primera temporada de su obra navideña. El tema de la obra no viene al caso, se trata del grupo como excusa para empezar a hablar de mi familia, que es pequeña. Serían sólo seis funciones, máximo ocho, lo que me pareció un buen intercambio: yo tenía veinte años y muchas ganas de sentirme útil.


Eran los días de la tragedia, que parecían semanas. Miles de personas murieron en la costa producto de una vaguada. Las noches: tan, tan tristes.


Hubo conmoción en las ciudades, una queja unida y telemaratones con fotos carnets de las víctimas desaparecidas. Es de lo poco que recuerdo, junto a la botella de tequila que Nico se mamó en mi casa, mientras abría la boca frente a las imágenes de los noticieros, la falsa y extraña desaparición de Jesús Ernesto en una fiesta en Montalbán, que arrancó junto a la lluvia, y las tres palabras que se pusieron de moda: operativo, solidaridad, damnificados.


En el grupo de teatro hubo frases duras durante un debate, fue intenso. It’s all about the emotions dijo uno de los actores. Había que decidir si anulaban las funciones o presentaban las dos últimas, como estaba previsto. Esperanza, culpa y respeto fueron los términos que más se repitieron entre lágrimas y dientes. Ganaron los que hablaban de la esperanza, en beneficio de mi bolsillo y del viaje que pretendía hacer el 21 de diciembre para visitar a mi madre, que en ese momento vivía a unas nueve horas en bus.


La obra terminó con la sala a medio llenar, lo que fue visto por todos como una muestra de que tenían razón. Así son los callejones cuando tienen dos salidas.


La noche anterior al viaje, mi primo y su novia me visitaron. Yo vivía en una habitación pequeña, como mi familia. Somos muy unidos, queríamos despedirnos. Nos tomamos lo poco que había de alcohol: media botella de whisky, media botella de ron y otra media de aguardiente. La novia de mi primo se acostó a dormir en mi cuarto y mi primo y yo nos fuimos de marcha por la avenida Baralt, desde arriba, justo antes de la Plaza Miranda, hasta un bar travestido de arepera que hace esquina al final de Quinta Crespo, llamado 300. Era mi espacio ideal, económico, con un televisor sintonizado en el canal deportivo y un mesonero que me regalaba uno que otro cigarrillo a cambio de unas propinas miserables.


Hablamos de la tormenta y sus estragos en La Guaira, donde mi primo perdió algunos parientes. Bebimos durante horas y nos reímos. Regresé tan borracho que me caí al menos tres veces en el trayecto, luego de orinarme los zapatos y amenazar sin motivos a un taxista. En mi casa, perdí el equilibrio y pegué la cabeza, los hombros y la espalda del clóset. Rodé. Lo doblé. Lo arranqué. Dormí sobre él un rato y después me fui al mueble. Culpé a la lluvia.


A la mañana siguiente despedí a gritos a mi novia, quien amablemente me había ido a despertar para llevarme en su carro al terminal de pasajeros. Dormí todo el trayecto, nueve horas, y al abordar el taxi que me llevaría a encontrarme con mi madre, noté los raspones en mis brazos. No recordaba con claridad lo que había pasado la noche anterior. Aunque sentía curiosidad, decidí que lo mejor era no darle importancia.


Mi madre me esperaba con algunos amigos, sentada en la mesa. Había risas y tragos alrededor. También comida y algo que ella llamaba Espíritu Navideño. El apartamento, más bien modesto, tenía un ambiente agradable, gentil, cariñoso. Le di un abrazo al flaco, el más antiguo de mis verdaderos amigos, que son pocos, bailamos merengue, recordamos a Billo, hablamos de la familia, del sexo y de la alegría. Estábamos contentos, el flaco brillaba. Tuvimos que pedir deseos y quemar unas cartas. Yo le pedí disculpas a mi novia. Primero en silencio y después por teléfono. A esa hora, tan tarde y tan temprano.


Bien entrada la madrugada, le mostré al flaco una obra de teatro que había comenzado a escribir y que, por fortuna, nunca terminé. En ella pretendía hablar de la incomunicación en las parejas y de los amigos falsos. Él es de los verdaderos. Se lo dije: tú eres de los verdaderos, flaco, eres como mi hermano.


Cuatro años después me vi quemando unos papeles casi calcados y pidiendo los mismos deseos junto a mi primo, su novia y mi madre.


Mi familia es pequeña.


Éramos un carro más en la larguísima fila que esperaba por la llegada del combustible a la estación de gasolina. Había más de cien carros. Había más de doscientos carros. Había más de trescientos. O más que eso. Los que bailaban, los que jugaban dominó y varios de los que estaban a punto de acostarse a dormir, se acercaron curiosos cuando vieron el fuego y la cara de mi madre, orgullosa y alegre, porque su Espíritu Navideño entraba en plena calle.


Después de eso vino la playa. Mi novia ya era mi ex novia y mi siguiente novia, también. El destino quiso que tropezáramos en la arena, la última noche del año. Ahí estaban mi madre y la suya. Mi primo y su novia, que ahora era su esposa. Y un carro con música. Cumplir un sueño es importante, resuelve algo. Te permite quemar cartas más pequeñas, o más livianas. Bajo los fuegos artificiales, supe que aquélla noche sería importante por lo que dejaba de mostrar: el fin.


Ese mismo año, días antes, había visto a mi padre en otro país. Mi padre ha de ser la parte más pequeña de mi pequeña familia. Tiene un corazón débil, pero fuerte. En todo sentido. Sus cuatro infartos lo confirman. Tenemos poco contacto, pero sabemos discutir y achinar los ojos con cada risa cómplice. Aquél encuentro ocurrió en el litoral de un idioma sabrosón, al sur de la fiesta, donde él vivía. Nos acercamos, como de costumbre, para hacernos sentir lo mejor posible. Para jugar al espejo.


Mi madre, mi madre: se fue corriendo con un cáncer hace un par de años. Sin maldiciones, pero con los ojos tristes por la premura. Cuántas veces hablamos del viaje y la piel, de los anhelos y la familia. Yo nunca le dije, pero siempre creí que la mía era más pequeña que la suya. Ahora siempre es temprano cuando la recuerdo. Ya no quemo cartas, olvidé el merengue y no creo en las novias. Además, le tengo miedo al teatro.


Cuando se me ocurrió desear una familia a partir de mí, tuve una hija. En su primera navidad fuimos a una iglesia mínima. No me gustan las iglesias, pero esa noche no había nada mejor que hacer, así que fui con gusto, o al menos sin pensarlo. No recuerdo qué pedí, si es que pedí algo. Estaba en un pueblo y a mi alrededor había varias familias, incluida una parte de la mía, esa nueva que pronto se rompería. Me pesaban las ojeras y las buenas intenciones. Antes de dormir, recuerdo que miré a mi bebé de un mes y una semana y me perdí en una nube de silencios.


En esa ocasión tenía previsto sumar a mi primo y su pequeña familia, pero por alguna razón no pude. O no pudimos. A él lo he visto hace poco, estaba con su esposa y su hija. Yo también estaba con la mía. Siempre nos besamos y nos abrazamos y esta vez, en la que se iba un año y llegaba otro, con más razón. Nos sacamos algunas fotos y cocinamos. Improvisamos algo de música con paletas de cocina, tenedores, botellas y unas maracas. Sonaba terrible y era maravilloso. Él y yo conversamos cada vez menos, como si no hiciera falta. Como si la justicia y el afecto se resolvieran solo con un juego y una mirada, la compañía.


A mi hija acabo de dejarla con su mamá. La semana que viene estaremos discutiendo, su mamá y yo, porque ella hizo algo con lo que no estoy de acuerdo y ella sí. Asuntos de huérfanos de madre: nos gusta poner a prueba a los demás y demostrar nuestra fortaleza. No importa si tienes cincuenta años y tu madre muere en una guerra, no importa si tienes sesenta y tu madre se ahoga en el río de lodo que baja de la montaña, con la tormenta. Inmediatamente te transformas. Te conviertes en un provocador. En un niño. A los hombres de familias pequeñas los definen la preguntas y los abrazos. Yo tengo muchas preguntas, y una certeza: no hay algo más hermoso y definitivo que el amor de una madre cuando ama. Así se lo he dicho a mi hija. Ella me ha contestado con una mirada cuya traducción literal sería: “viejo, qué lindo eres, pero no hace falta que lo digas, ya lo sabía”.


A mi derecha hay dos fotos, en ambas está ella, mi hija. Detrás hay una mía, con 22 meses, según la letra de mi madre al reverso. Lo sé porque dice mamá, y así no lo dijera, puedo asegurar que reconozco su caligrafía. Me entregó al menos quinientos mensajes de amor. Hay papeles rosados, azules y amarillos escritos a máquina, de cuando nací y vivíamos en Puerto Ordaz, pero también hay hojas sueltas, récipes médicos, tacos corporativos, algunos cuadernos, incluso hay cartulinas y rollos de papel con tintas rojas y negras, con cifras borrachas y palabras simples y poderosas. No las reviso nunca. Las leí una o dos veces y eso fue suficiente. Ahora sé que están ahí, como constancia de mi memoria.


Hace poco leí en un libro que me regaló su autor, un portugués, una construcción de la idea familiar que me pareció magnífica: “A la hora de poner la mesa éramos cinco: mi padre, mi madre, mis hermanas y yo. Después, mi hermana mayor se casó. Después, mi hermana menor se casó. Después, mi padre murió. Hoy, a la hora de poner la mesa, somos cinco, menos mi hermana mayor que está en su casa, menos mi hermana menor que está en su casa, menos mi padre, menos mi madre viuda. Cada uno de ellos es un lugar vacío en esta mesa donde como solo. Pero siempre estarán aquí. A la hora de poner la mesa, seremos siempre cinco. Mientras uno de nosotros esté vivo, seremos siempre cinco”.


Cuando recuerdo las carcajadas, la complicidad o el aprendizaje que he tenido con mi familia, me relajo. Cuando hay cambios de ciclos, es natural, pienso, que la mente se traslade a ideas casi trascendentales: La felicidad, la pasión, la impotencia ante lo irreversible o la saudade. Creer y construir partiendo de una reunión, de un encuentro, de una conversación, de una caricia. Me gusta pensar en mi familia, aunque sea pequeña, y en mis amigos verdaderos, que son seis, quizá siete. Y, como dice Peixoto, el autor-portugués de aquél extraño poema, sentir que mientras uno de nosotros esté vivo, seremos siempre todos los que hemos sido.


Así queda, por un tiempo, este registro de la memoria. No aprendí a ser fotógrafo, ni pintor, pero intento con las letras, con las palabras y con las frases, construir un retrato fiel de todo lo que me sorprende o me conmueve, de esos momentos que recuerdo entre luces y cortinas, entre manteles y charcos de agua frente a la nevera, entre trajes y brindis, sobre todo entre buenos deseos.


Sé que faltan detalles y que se parece más a una pintura, también sé que a menos que hable de los otros, de los que acabo de conocer, soy más interpretador de la realidad que fotoreportero. Pero igual, no se me ocurre escribir nada mejor para esto que comienza de nuevo. El tiempo. El tiempo en familia siempre pasa con ruido y he escuchado que a algunos adolescentes les molesta un poco, o un poquito, pero ocurre que, al menos para mí, revisar el álbum o volver a pasear por los cuadros de otras épocas y las celebraciones enmarcadas sobre un papel 8 x 15, es constatar la importancia que tienen o han tenido en mi vida esas instantáneas que parecían tan simples, y quizás lo eran.




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©2018 by Leo Felipe Campos