La lengua



Lola era mayor que ellos y jugaba a ser víctima, siempre fruncía el ceño. Dulce, delicada, sensible, sus labios brillantes por la luz del sol, que la atravesaba cuando caía la tarde, oblicua y casi divina; sus ojos gigantes y oscuros, su expresión de perdón, de abrazo a toda costa, de espaldita y rodillas desnudas que adelantan el tiempo hasta el matrimonio, erizadas, desafiando la humedad del traje de baño, unas rodillas que servían para enloquecer a su primo Andrés y a sus dos amiguitos, César y Damián. Todos varones, explosivos, fuertes y enamoradizos. Los tres menores. Se hacían llamar primos.


Damián era delgado y fibroso. Ya acariciaba los once años y su piel bronceada y esa sonrisa felina se unían al conocimiento exclusivo de la zona. Silbaba mientras saltaba con comodidad entre piedras filosas. Era el mejor nadador de los tres y, además, el dueño de la casa. Entre ellos le decían Tiburón.


César, con doce, era el mayor y más astuto. Su inventiva, sus chistes y ocurrencias no dejaban lugar a dudas, lo aventajaban: era capaz de enamorar solo con sentarse y mecerse en el chinchorro y relatar ficciones que aprendió de su abuelo cuando era más pequeño (cinco, seis años, también la memoria funciona en estos casos). Era el más atrevido, sus propuestas solían superar los ofrecimientos de sus dos aliados-enemigos. Le decían Gordo.


Andrés, el primo sanguíneo, era el más joven. Apenas nueve años, casi diez. No solo era más pequeño, también más débil. Su encanto se podía intuir por unas pestañas que medían más de lo debido y unos ojos color violeta, en el día, color ámbar, o más bien malva, después de las siete de la noche, cuando la brisa comenzaba a soplar y los labios de Lola a brillar como la copa de los árboles.


A Andrés lo llamaban Enano, o el Enano, y fue el último en notar que entre ellos habría de desatarse una competencia tácita y a ratos incómoda por quedarse con Lola.


Quizá por ser marginado de aquel juego donde una botella giraba y finalmente todos reían entre besos y carreras, sentados en círculos con las piernas cruzadas y las hormonas aceleradas, bajo el sol. Quizá por quedarse dormido y ser el último en levantarse de la cama, siempre. O por esa manía que tenía de ser tan callado y hacerse pipí cuando sentía mucho miedo. De hacerse la víctima por asociación o modelaje. Y quizá, también, fuera esto último lo que motivó a su prima Lolita a llamarlo mientras hablaba con el Gordo —el mayor de los varones— y pedirle que los acompañara, ella tomándolo de la mano.


El Gordo se molestó, o pareció molestarse, o fingió molestarse, porque en principio Andrés no entendió por qué le picaba el ojo mientras se daba la espalda. Fue allí, en ese momento, cuando se sintió más grande que nunca, cuando creyó cruzar todo el océano a brazo partido hasta llegar al barco de luces que miró la tarde anterior, cuando soñó volar como un águila y ser el más alto, el coloso aliado-enemigo, el hombre de temer, o al menos el hombre de respeto. Ella lo besó.


¡Ella lo besó!


¡Ella me besó!, pensaba, aún con los ojos cerrados y en medio de ese silencio enigmático que envolvía el zaguán de la casa de playa y abrazaba a Lola, quien entonces reía y apenas separaba sus labios brillantes de la pequeña boca del Enano.


Una montaña rusa. El vértigo que de ella se desprende. La caída libre desde la torre. O la patada que se le da a las gallinas por maldad o travesura. Eso podía pensar el Enano segundos antes de entender que no era parte de un asunto de exclusividades. Que él era porción. Juego instintivo y animal. Y que debía adecuarse al papel de competidor, porque Tiburón no tardó en tomar a la prima, meterle sus dedos entre el cabello, mostrar sus dientes, besarla y, de paso, soltar un chiste hasta que ambos, hasta que ambos, hasta que ambos la carcajada y el abrazo. Entonces entendió el gesto del Gordo.


Seguro él, aguilucha escuálida perdida en su vuelo, había sido otra vez el último en darle un beso a su prima. Había sido una sobra, un gesto de piedad. Sus ojos brillaron malva y caminó lentamente en silencio (maldita sea, ¿por qué se ríen de mí, por qué yo no puedo tener la chispa, esa frase genial o esos bigotes?, Gordo canalla, Tiburón, nariz puntiaguda, flacuchento de mierda), agarró la mano de Lolita y la apartó de donde estaba.


El Enano acumuló coraje, llevó a su prima hasta el cuarto y le ofreció el primer regalo: una barra de chocolate Cri-Cri, o un pedazo de ella porque cuatro cuadritos los había comido después de la cena, y le dio un beso y levantó su mano (no así su voz, que casi no le salía) y le exigió que permaneciera allí, sobre la cama, que se quitara el traje de baño, que se desnudara y no saliera por nada del mundo. Lola, por supuesto, se sacudió con una carcajada y le dijo tú estás loco, aunque se bajó una tira de la parte de arriba, a la altura del hombro derecho, y le mostró la división de los colores de su piel, una parte blanca, muy blanca, la otra tostada, pero sin dejar ver su pezón. Miró hacia los lados, volvió a colocar el traje de baño como debía, se mordió los labios, le acarició el cabello a su primo, le dio otro beso y después la espalda antes de batir la puerta delante de sus lágrimas. Lola tenía los muslos erizados.


Fue una semana dura. Al día siguiente, tras poco dormir, Andrés logró levantarse más temprano que el resto. Caminó lentamente hasta la mesa de madera del solar y buscó el álbum infantil de barajitas Amor es. Calcomanías con dibujos predecibles y citas huecas. Corazones, animales, mucho rosa. Lolita lo coleccionaba y él quería aprender algunas frases para sorprenderla. Atendía, a su lado, al torpe corretear de unos patos, tres cerdos, unas gallinas flacas y al movimiento de la cola de un perro callejero. Estaba aburrido. Sus piernas, sentado en un sillón hondo de cuero negro bastante gastado por el tiempo, se mecían sin tocar el suelo.

Más tarde corrió solo al mar, algo que hacía por primera vez, para practicar. Corregir sus brazadas era la clave para un posible triunfo en la próxima competencia de aliados-enemigos. Estaba seguro de que eso lo acercaría a su primita, a su abrazo por encima del hombro, mojado, entre felicitaciones de todo tipo. Cuando lo imaginaba, sentía una leve erección y eso lo avergonzaba. Al mismo tiempo intentaba saber qué había fallado con su orden y su juego de seducción de la noche anterior, y se desesperaba.


Cuando sentía ganas de llorar prefería distraerse recordando la telenovela de las nueve. Esa acción frente a un televisor que rodaba varias veces al día, del patio a la cocina y de la cocina al patio, empotrado en un cucurucho de fórmica, se había convertido en un rito. Todas las noches a la misma hora los cuatro amigos, aliados-enemigos, miraban a los protagonistas besarse con torpeza. Las actuaciones eran pésimas y los ademanes siempre exagerados, pero el Enano soñaba con ese beso del final, durante los créditos, cuando el cantante de la música de despedida se introduce en la trama, inexplicablemente. En la telenovela, el galán podía hacer llover en el pueblo cuando se enfurecía, de modo que su carácter y la naturaleza entraban en conjunción a despecho de los villanos de la historia. Y era el mejor montando a caballo. Todo un varón recio. La dama era una mezcla de amazona con modelo de champú. A Andrés le encantaba, pero quien más soñaba con ella en las noches era Tiburón, el dueño de la casa. El Enano en cambio soñaba con Lola, y a veces soñaba que esa niña era su modelo de champú, que se bañaba desnuda bajo una lluvia que él desataba con su furia.


Seguro que fue por haberme comido los cuadritos del chocolate, se dijo a sí mismo. Quiso ser adulto para comprarse una cerveza y una sopa de mariscos. Después pensó en que se conformaba con tener el dinero suficiente para comprar una barquilla y llevársela a Lola. Desde adentro del agua volteó y miró en dirección al aeropuerto, arriba, detrás de la montaña. Y no pudo evitarlo: salió anhelando a su prima, otra vez. Su cintura y el cabello eran, además de su picardía, lo que más le gustaba de ella.


Caminó cuarenta minutos, pero esta vez aceleró el paso. Tenía un reloj promoción de Pepsi que había ganado en un kiosco, gracias a una tapa robada. El reloj era a prueba de agua y para él, junto a sus ojos, el único símbolo de orgullo. Escaló otros cuarenta minutos y coleccionó pequeñas piedras y ramas secas de los árboles. Con la punta de un palito escribió su nombre sobre la tierra amarilla. Lo mismo había hecho dos horas antes en la arena húmeda, a la orilla de la playa. El Enano quería hacer algo, pero no sabía qué.


Al llegar a la cima de la montaña se enganchó a una cerca de malla que delimitaba el área inmensa de la pista de aterrizaje del aeropuerto. La brisa le golpeaba la cara y esa sensación le encantaba. Estaba sentado sobre unas rocas blancas que, con la erosión, formaban extrañas imágenes, parecidas a una enredadera de cuerpos desnudos. El Enano contempló los aviones y quiso volar, pero no para llegar a otra ciudad, sino para verse a sí mismo desde arriba. Resbaló al filo de un pequeño barranco, se asustó muchísimo, pensó en la muerte y creyó que era suficiente. Fue cuando bajó la mirada y vio el extraño objeto a pocos metros. Olvidó el mar. En ese instante olvidó también la competencia con sus primos. Olvidó a Lola y sus hermosos muslitos erizados. Su mundo y su tiempo fueron solamente ese pedazo de músculo inerte y seco sobre las piedras blancas que acababa de ver. Sobre figuras como cuerpos en mitad de una orgía silente.


Una lengua sin nada que la atara a un cuerpo. Una lengua sin vida ni movimiento.


Caminó despacio, se agachó con cuidado y más curiosidad que asco; apenas la tocó con la punta de su dedo índice. La empujó con la uña. Levantó sus cejas por la sorpresa y torció la boca. Después la movió hacia un lado, hasta que dio la vuelta sobre sí misma. Debajo había una pequeña mancha leve y transparente, como la que dejaban las tajadas que odiaba comer sobre los platos de peltre en su viejo apartamento: una especie de vapor. Alrededor quedó una fina línea ocre como las tizas de los cuerpos muertos que retiran del piso en las escenas de crímenes. Miró con detenimiento, cerca de ella no había más nada. Estuvo allí por lo menos cinco minutos. Paralizado. Atónito. Extasiado. Admirando su nuevo amuleto. Apretó el culo y sintió un escalofrío. Cerca de él no había nadie. La montaña estaba desierta, o eso le pareció. Debajo de un sol de casi cuarenta grados, comenzó a sentir frío.


—Ver por ella —escuchó que le dijo la lengua.


Sin atreverse a mirarla, acercó su mano y la apretó mientras arrugaba la frente y achinaba los ojos. La metió despacio en el bolsillo del short. Se levantó y comenzó a descender. Tenía ganas de brincar, de sacudirse, de correr. Pensó en mostrársela al Gordo y al Tiburón, amenazarlos, mentirles, decirles que había matado a alguien, o quizás asustar a Lola. Su manito adentro del bolsillo acariciaba con delicadeza las terminaciones de la lengua sin vida, sus papilas porosas, las grietas diminutas de la cara superior, sus bordes, membranas y fibras musculares, que estaban más bien tiesas, como una plastilina dura y seca. Como una piedra pómez. Como el pedazo de la piel de una iguana.


Para generar algo de preocupación o al menos despertar un poco de curiosidad, decidió que retrasaría su vuelta hasta la hora del almuerzo. Solo quedaba un día y medio para el fin de esas vacaciones y no quería irse sin pedirle matrimonio a Lola. Si ella le decía que no, él le lanzaría a la cara su lengua muerta.


Al bajar de la montaña y llegar a la casa, primera derrota: nadie, absolutamente nadie preguntó dónde había estado o qué había hecho.

La segunda, tras sentarse a la mesa, fue todavía peor: vio un corazón tallado que decía adentro: «Amor es… Tú y yo»; en seguida, al Gordo con una llave en la mano y a su prima guindada de él, otra vez, riendo.


Poco para hacer, pensó. Y comió como nunca, en parte por el cansancio de esa mañana agotadora y ese madrugar innecesario. Se paró de la mesa cabizbajo, apretó con todas sus fuerzas la lengua muerta dentro del bolsillo y con sigilo, sin que nadie lo viera, la lanzó después al gallinero. Uno de los perros se acercó, la olió y comenzó a lamerla. El Enano lo miraba extasiado. La lengua daba vueltas sobre sí misma y se llenaba de arena. Perro loco, pensó.


El corazón tallado que lo puso celoso y triste lo había hecho Lolita pensando en él, quien hasta ese momento, sin hablar más de la cuenta, era el único que había tenido el coraje de decirle lo que sentía y la valentía para invitarla a desnudarse.


Él se iría al día siguiente, después de la fiesta y, con certeza, era al único al que ella iba a extrañar. Se hacía la noche última en la que vería sus ojos violetas-malva. A veces ámbar. El Enano no aparecía por ninguno de los pasillos y tampoco se enteraba de que a veces las niñas quieren sentir que, en estas ciudades, las vacaciones son como el amor que duele.


Andrés, el Enano, llegó corriendo al zaguán principal donde estaban los adultos y comenzó el baile. Apuntaba ya a su segundo descalabro amoroso lejos del grupo de sus amigos, que se divertían en un pequeño cuarto improvisado dentro de la casa, alrededor de una botella de besos que giraba vacía.


Tíos, madres y algunos primos adolescentes y borrachos rodeaban al Enano. Una de las tías había venido con Ramona, una hermosura de cachetes gruesos y también de casi diez años, como él, con bucles rubios y ropa de damita aristocrática. Entonces podía practicar con ella lo que no tuvo tiempo de hacer con Lola, que ahora se besaba en el cuartico de adentro con un haragán de quince años, amigo de un amigo de la familia, al que le decían Pajarote.


Pero tampoco tuvo sentido, durante un momento de la noche, Andrés se escapó hasta el traspatio y practicó todas y cada una de las vueltas que había visto en el video clip de La Lambada. Para nada. Sintió otra vez el vértigo y la caída del águila perdida en su vuelo, sintió que sus piernas eran dos lenguas muertas. Esta vez resultó que Ramona no sabía bailar y justo cuando estaba frente a él, en el medio de una rueda de aplausos y risas borrachas, ante la presión de los adultos salió corriendo y se puso a llorar. El Enano se quedó solo, levantó los hombros, dibujó una media sonrisa nerviosa y caminó arrastrando los pies hasta el gallinero en penumbras.


— . —


Este cuento fue publicado originalmente en la edición número 85 de la revista Luvina (invierno, 2016), dedicada a la literatura en América Latina escrita por autores menores de cuarenta años. Después formó parte de mi libro Gancho al Hígado (Tusquets, 2018), del que tomé su portada para ilustrar esta entrada.

84 vistas

©2018 by Leo Felipe Campos