La culpa es "del otro"

No tenía diez años cuando nos sacudieron los hechos. Era un niño y vivía en Caracas en una zona popular de clase media flanqueada por barriadas pobres, con destacamentos militares alrededor. Vi muertos en televisión y escuché anécdotas sobre escapes y persecuciones, saqueos y detenciones masivas. 1989. El presidente de Venezuela era Carlos Andrés Pérez. 


Mi madre recibió una llamada telefónica. Marzo, primera semana. Sus lágrimas me hicieron entender que algo pasaba. Le contó a una vecina que la hija de un amigo había sido asesinada de un disparo. El gobierno había decretado toque de queda. La chica vivía en un apartamento y se estaba cambiando la camiseta en su alcoba, junto a la ventana. Segundos después de subir las manos, recibió el balazo de un francotirador desde un puente cercano. Este amigo y su hija vivían en El Valle, como nosotros. Por eso mi mamá me dio dos órdenes: no acercarme a la ventana y lanzarme al suelo cuando sonara una ráfaga de tiros.


Eso fue durante El Caracazo, una semana de confusión, saqueos y ajusticiamientos. Miles de personas salieron a las calles y atacaron, sobre todo, comercios: un levantamiento popular contra el gobierno, que previamente había anunciado medidas macroeconómicas de corte liberal. Nadie lo vio venir, aunque la inflación era altísima, igual que el descontento general. El Ejecutivo respondió con fuerza criminal. Se estiman al menos mil muertos en cinco, seis, siete días.


Altos funcionarios insisten en situar el germen político del chavismo en esta revuelta que dejó un profundo reconcomio detrás de las fosas comunes. Muchos opositores al gobierno actual no cesan de comparar la crítica situación que atormenta a Venezuela con un supuesto caldo de cultivo del que puede germinar otro estallido popular como el de 1989.


Si me preguntan, unos y otros responden a una realidad que nace de miedos y deseos, y este es apenas un ejemplo de la irreconciliable visión de nación que reina en ambos polos de Venezuela.


¿Qué está pasando en el país? Antes de responder con datos insuficientes remarcaré que previo al chavismo no se vivía en la postal turística que muchos pretenden, y que hoy en día abundan personas, lugares y acciones positivas a lo largo y ancho del territorio. Por supuesto, hablo de más de treinta millones de habitantes, no de una caricatura o un panfleto. Si escribo tamaña obviedad es porque sé que hay cretinos que necesitan escuchar que el agua moja.


En la actualidad, la gente respira con preocupación. “Nunca sabes si vas a conseguir lo que necesitas, esa incertidumbre es la peor”, me dice un amigo en Caracas que tiene una hija de dos años: “Pelear por pañales es estar en un constante estrés, y a mi niña le gustan las arepas, cuando conseguimos un paquete de harina se lo dejamos a ella”.


Otro amigo, abogado y agricultor artesanal, quien viaja todas las semanas a Barinas, estado natal del expresidente Chávez, suelta: “Hay hostilidad, oscuridad y sequía; la inflación pa’ rriba y la escasez es jodida. Esto es como una avalancha a punto de aplastarte. Para mí las colas son lo peor: cuatro horas o más para comprar cualquier cosa. Ahora, la verdadera mierda es la ausencia de medicinas”.


Es un mosaico triste de lugares comunes y no importa la ciudad en la que se viva, desde el sur, en el estado Bolívar, otra amiga responde: “La escasez de comida es bárbara, pero más la inseguridad, y se va la luz todos los días. Mi hijo me dijo ‘Mamá, no puede ser, se fue la luz en el colegio y ahora llego a la casa y tampoco hay’; el otro día me preguntó por qué no llevaba merienda”. En Valencia, en el centro del país, un periodista afín al chavismo y militante del partido de gobierno me comenta: “Yo preocupado porque hace horas hubo un intento de saqueo en Hiper Líder, cerca de donde vivo, y la cosa se puso fea”.


Hablo con decenas de personas a diario en Venezuela y el malestar es el mismo: todo está caro, falta la comida, despiertan temprano para hacer fila y, cuando llegan, quedan pocos productos porque los que se venden a precios subsidiados ya fueron traficados por los llamados bachaqueros, comerciantes informales organizados que revenden todo a un precio 100 o 500 veces más alto. La gente sale a la calle con miedo porque los crímenes les salpican a diario.


Confesión personal: a mí me apuntaron a la cara con una pistola en el 2007 y el 2009, y tuve que pagar extorsión para recuperar un Chevrolet Aveo que me robaron en 2014. Lo devolvieron desvalijado a medias y con un recado sutil y precioso en el asiento trasero: la balaca de mi hija. Se llevaron lo que había en la guantera y el baúl, excepto un disco de vallenatos y un recibo en el que estaban la dirección de mi casa y la del colegio de mi chama.


Pregúntele a cualquiera que viva allí: “¿Conoce a alguien que haya sido atracado con un arma de fuego, secuestrado o asesinado?”. Le dirá que sí. Pregunte: “¿Ha tenido que acudir a redes ilegales para comprar alimentos o medicamentos en el último año?”. Le dirá que sí. Inquiera, aunque sea una crueldad: “¿Le rinde el dinero que gana con su trabajo?”. Le dirá que no. La inflación en el país es casi un secreto de Estado.


El gobierno ofrece tres respuestas de manual: la inflación y el desabastecimiento son producto de una guerra económica creada por el capital nacional y extranjero. Los asesinatos, secuestros y extorsiones son perpetrados por paramilitares (colombianos) financiados por la derecha. La crisis eléctrica es generada por El Niño y los sabotajes internos de trabajadores apátridas. Detrás de todo —of course— está la CIA. De ese discurso no los sacará nadie.


Una es la vida del alto funcionario y la élite gubernamental, que cuenta con escoltas, choferes, niñeras y cocineros, la vida del empresario o de aquellos que ganan en dólares, y otra la del común de sus habitantes.


En Venezuela, la gente combate a diario contra algo o contra la ausencia de algo, pero sobre todo contra el otro, ya no un adversario sino un enemigo al que desearía borrar o ver tras las rejas. Es un país que busca desesperadamente una identidad que no consigue, un país de hospitales muertos y cementerios vivos. Por creer en cuentos de espías y utopías, se instaló una guerra (como todas las guerras: feroz, despiadada) entre chavistas y antichavistas.


Venezuela es un país fracturado en el que ganan, como siempre, aquellos que olvidados del ser humano aprendieron a hacer negocios, con el favor o no de la ley. Y de ellos hay sobre todo militares dentro del gobierno, pero también civiles fuera de él. Es un país de sobrevivientes donde se han anclado la desconfianza, el desprecio, la rabia y la soberbia. Un país en el que, si afina bien el oído, escuchará lo mismo desde cada uno de sus extremos: “La culpa es del otro”. Y, claro, yo pienso: a nadie le gustaría vivir en un país donde ponen francotiradores en los puentes, así sea durante una semana, pero ¿cómo se puede vivir en un país donde todos son culpables?


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Este artículo fue publicado originalmente en mayo del 2016 en las versiones impresa y digital del diario El Espectador



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