El tiempo que quieras

Actualizado: abr 23



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Antes de mudarme a Colombia a mediados del 2015, me crié y viví casi toda mi vida en Caracas, aunque nací y pasé mi adolescencia en Guayana, una zona minera e industrial al suroriente de Venezuela, donde —en aquella época— no había salas de cine, y el único teatro pertenecía a una de las empresas siderúrgicas. Con esto quiero decir que la educación básica estaba centrada en las ciencias duras: física, química y matemáticas. Era una ciudad de ingenieros, e intuyo que los colegios se preparaban para eso. En octavo grado tuve unas siete profesoras de castellano; a una de ellas, en más de una ocasión, le corregimos la ortografía de lo que escribía sobre la pizarra. Fue un año dramático para nuestro aprendizaje. De literatura solo recuerdo que nos emocionaron los cuentos de Horacio Quiroga; en especial tres de ellos: La gallina degollada, A la deriva y El almohadón de plumas. Nos los imaginamos, nos asustamos y los comentamos: eso fue más que suficiente para nuestra adorable incultura. Al igual que a la mayoría de los chicos, nos gustaban el horror y la fantasía. Y nos inquietaba la muerte.


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En la universidad aprendí a leer. Durante mi primer año de carrera me escondí en la biblioteca y me obligué a ir párrafo a párrafo y página a página hasta entender lo que leía. Era una especie de pelea interna: me cansaba, a veces me quedaba dormido. Las exigencias de los profesores eran variadas y también constantes. Recuerdo que aunque me iba bien, aquellas lecturas me parecieron difíciles porque me distraía con cualquier estímulo, avanzaba tres páginas para retroceder dos y volver otra vez. Hasta que llegué a un libro que me pareció raro e intrigante: Los cuentos del Decameron, de Giovanni Boccaccio. A partir de entonces me pasó con la lectura más o menos lo mismo que con los trampolines en algún momento: le perdí el miedo a saltar.


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En una de mis vueltas a Guayana, durante las vacaciones navideñas, fui hasta la biblioteca de mi madre y tomé un libro de García Márquez: Los funerales de la mama grande. En Guayana hace muchísimo calor, igual que en aquellos cuentos macondianos del Gabo. Y esto fue algo que me impactó, que llamó mi atención, porque pude palpitar sin esfuerzos con la imaginación de un genio, me vi sudando a chorros en las cantinas, casas y calles de esas historias. Era como si me bebiera aquellas páginas para calmar la sed. También noté con sorpresa que por primera vez me había leído un libro en una sola sentada. Ya tenía 18 años, no era un niño. Supongo que a esa edad el impacto de una primera vez siempre es mayor, y al día siguiente lo volví a leer. Entonces no hacía mayores distinciones entre géneros: leía cartas de Pirandello, obras de teatro de Ionesco, poemas de Neruda, páginas sueltas de Trópico de Cáncer, de Henry Miller, o de El Extranjero, de Albert Camus, o de El Túnel, de Ernesto Sábato. Para mí eran distracciones breves, como la música, los videojuegos o las salidas nocturnas. Sin embargo, aquel librito de cuentos, Los funerales de la mama grande, representó una nueva iniciación en mis ejercicios de lectura, que desde entonces estuvieron más emparentados con el placer.


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En mi último año de carrera y en los dos siguientes cayeron en mis manos varios libros de cuentos, todos contemporáneos: La casa pierde, del mexicano Juan Villoro. El combate, del venezolano Ednodio Quintero. Todos los fuegos el fuego, del argentino Julio Cortázar. Angelitos empantanados, del colombiano Andrés Caicedo. Cinema árbol, del también colombiano Efraim Medina Reyes. Suicidios ejemplares, del español Enrique Vila-Matas. Llamadas telefónicas, del chileno Roberto Bolaño. También una antología de Granta sobre jóvenes narradores estadounidenses. Poco a poco fui entendiendo que, junto a la crónica periodística, el cuento era el género que más se amoldaba a mis gustos y a mis hábitos como lector. Lo conocía muy poco, poquísimo, pero comencé a pensar en él ya no como un archipiélago lejano, sino como un espejo al que podía intentar sacarle brillo.


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Hace unos doce años, más o menos, me atreví a diseñar un taller llamado “Puro cuento”, destinado a jóvenes con vocación de escribir. Entonces leí con mayor atención algunos relatos de Borges, de Kafka, de Chejov, de Edgar Allan Poe, de Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo; de Hemingway, Bukowski, Raymond Carver y John Cheever; de Rubem Fonseca y Clarice Lispector. También releí a Quiroga y me seguía gustando igual que cuando estuve en el colegio. Leí algunos postulados en los que no supe si creer del todo. Leí varias hipótesis, teorías o tesis que desconocía. Resalté un montón de ideas. Leí entrevistas. Leí a algunos de mis contemporáneos venezolanos y brasileños. Ese taller lo he dictado hasta ahora unas diez veces, más o menos. Antes de cada edición, releo los mismos relatos. Y en cada edición uno de los talleristas me sorprende con un nuevo cuento o con una mirada alternativa de esas mismas páginas que comparto con ellos. Con cada relectura, el mismo cuento renace siendo otro.


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Piglia dice que un cuento cuenta siempre dos historias. Cortázar dice que si una novela es como una película, un cuento es como una fotografía. Borges dice que para escribir un cuento lo mejor es inventar mundos donde el lector nunca haya estado. Janet Burroway dice que la clave de todo relato está en el punto de vista, que es el elemento más complicado de la narración. Sergio Pitol dice que hay que sentir un enorme respeto por el lenguaje y tratar de renovarlo, y que debemos plantearnos los retos más audaces que seamos capaces de concebir. Chejov dice que nunca se debe mentir. Onetti dice que mintamos siempre. Quiroga dice que no empecemos a escribir sin saber, desde la primera palabra, adónde vamos. Carver dice que la experimentación, muy a menudo, no es más que un pretexto para la falta de imaginación. Todo esto se lo digo a mis talleristas y se lo digo también a mis historias cuando las escribo, sin saber del todo qué es lo que eso significa.


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A mí el cuento que más me gusta es uno breve de Clarice Lispector, que se llama Felicidad Clandestina. En él, una niña rogordeta y malvada que tiene un padre dueño de una librería se niega a prestarle un libro a la protagonista: una compañerita de clases. El libro es El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato. Después de ir a su casa varias veces para ser engañada y devolverse con las manos vacías, la madre de la regordeta entiende lo que pasa y le ordena a su hija prestarle el libro a su amiga. Luego le dice a la niña protagonista que puede quedarse con él todo el tiempo que quiera. Y eso: “el tiempo que quieras”, dice Clarice Lispector, es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer. Entonces, pensativa y con el pecho caliente, aquella niña va a su casa y simula no tener el libro para poder sentir un sobresalto al volver a descubrirlo, después lo lee a ratos y posterga su continuación, finge no saber dónde lo ha guardado, crea obstáculos falsos para aquella cosa clandestina que es su felicidad. Vive en el aire... “A veces —y así cierra el cuento Clarice Lispector— me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante”. Apenas terminé de leer este relato descubrí que eso, de alguna forma, fue lo que sentimos mis amigos y yo en el octavo grado de las siete profesoras de castellano en Ciudad Guayana. En medio de un calor sofocante, aquella sorpresa y aquella inquietud que nos produjeron los cuentos de Horacio Quiroga, aquella picardía a mitad de camino entre la inocencia y la perturbación, aquella posibilidad de generar sueños e insinuaciones, es lo que debe tener todo buen cuento: eso es lo que los hace inolvidables.


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Texto preparado para la charla "Cuéntame un cuento", con Evelio Rosero y Fedosy Santaella, durante el I Encuentro Binacional de las Letras Colombia Venezuela.

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