Dorotina

Actualizado: hace 2 días

Por Edgar Vergara


Estaba con media papa en la boca cuando el timbre sonó. Quién podía ser a esa hora. Me levanté de la mesa y atendí la visita sorpresa desde el marco de la puerta de la calle. Traía una bolsa de regalo y unas flores en la mano. Me sorprendió el tamaño de su busto. Cuando me preguntó si estaba Rebeca, noté que el labial le había dejado rastros en los dientes.


—¿Quién la busca? —le dije mientras la escaneaba.


—Dora Arciniegas… mejor dile que Dorotina, así se acuerda más rápido.


Cerré la puerta y le pedí que aguardara un momento. Le conté a mi esposa que una mujer preguntaba por ella. Cuando le dije el nombre completo, ella frunció el entrecejo y negó con la cabeza, pero apenas le solté el apodo se llevó las manos a la boca.


—¡No puede ser!


Era una vieja y buena amiga con la que trabajó hacía muchos años, pero habían perdido el rastro.


—Durante un tiempo fuimos inseparables —me dijo.


Rebeca se acomodó el vestido, se alisó el cabello y corrió a recibirla, le dijo a Dorotina que llegaba en buen momento. Me pidió que alistara otro puesto en la mesa, fue hasta la cocina y volvió con un plato humeante con un par de cubiertos y una fuente de papas.


Noté que además de las flores, la tal Dorotina traía una pequeña maleta. Entre bocado y bocado nos fue contando el motivo de su visita: vivía en Ecuador y la pandemia le había impedido viajar de vuelta, por algún motivo que no me quedó del todo claro, recordó a mi esposa y averiguó su dirección para pasar a saludar.


—¡Qué casa tan bella!


Después de almorzar, fuimos al living y compartimos café con galletas. Dorotina hablaba hasta por los codos, era una mujer alta y de caderas pronunciadas, con dos bembones y una nariz aguileña.


Preferí darles su espacio para que se pusieran al día y adelantaran cuaderno. Bajé hasta la piscina de la urbanización y nadé durante casi dos horas. Mientras me sumergía, no podía evitar pensar en el impresionante tamaño de las tetas de Dorotina. Cuando volví al apartamento, allí seguía, hablando. Mi esposa estaba morada de la risa. Hice un pequeño gesto con la mano para saludarlas y fui hasta el cuarto de estudio a terminar de leer una novela de Tomás González. Al rato, Rebeca abrió la puerta y me preguntó si su amiga podía quedarse un par de días. Acepté.


La amabilidad de Dorotina me sorprendió. Madrugaba, preparaba el desayuno y tenía el don de lograr que cada plato se viera provocativo. La segunda noche, mientras estaba a punto de hacer el amor con Rebeca, Dorotina entró de sorpresa y nos llevó unos pasabocas porque quería “que los probáramos calienticos”. Por suerte, estábamos bajo las sábanas. Me molesté un poco, pero mi esposa le restó importancia. La estadía de su amiga se extendió. De dos días pasó a tres semanas.


—Mientras las cosas se ordenan —dijo Rebeca.


Dorotina sacaba la ropa de la lavadora y la tendía en cada gancho, mientras planchaba cantaba canciones de Rocío Dúrcal, luego guardaba la ropa en cada uno de los cajones que empezaba a conocer de arriba abajo.


El sábado siguiente, la nevera comenzó a hacer huelga. Salí a comprar algunas cosas para preparar un asado. Cuando volví, noté que Dorotina tenía puesta una blusa de Rebeca. Aunque la usaba muy poco, la reconocí porque yo se la había regalado en uno de nuestros aniversarios. En otra ocasión me levanté de madrugada por un vaso de agua y encontré a Dorotina tomando vino y fumando pipa desde el balcón mientras leía mi novela de Tomás González. Me pareció ver que le doblaba la esquina a una de sus páginas.


Para el segundo mes, Rebeca le entregó una copia de las llaves a Dorotina. Ahora su amiga entraba y salía como Pedro por su casa. Cada vez que yo decía algo sobre ella, mi esposa me respondía lo mismo junto a un beso volado:


—¡Estás exagerando, gordis!


Cuando finalmente acabó el aislamiento preventivo, Rebeca le pidió a Dorotina que se quedara con nosotros un tiempo más, si ella quería.


Y ella quiso.


Yo volví a mis rutinas diarias: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. El tiempo hizo que me acostumbrara a ver a nuestra huéspeda todos los días, a convivir con ella, sobre todo a escucharla hablar como una lora mojada. Sus tetas ya no me parecían tan grandes, aunque sí lo eran. Otra noche la vi caminando en cacheteros desde la cocina hasta su habitación. Se estaba comiendo un sándwich con varias lonjas de un jamón serrano importado que yo había comprado para una ocasión especial. Se lo dije a mi esposa, y ella una vez más se hizo la sorda, así que me le planté de frente, le bajé el volumen a la película que mirábamos en la tele y allí mismo, en nuestra cama, le pregunté hasta cuándo nos acompañaría la visita. Su respuesta me descolocó.


—Hoy lo discutimos ella y yo. Se quedará hasta fin de año.


Como si nada, tomó el control remoto y volvió a subirle el volumen a la película.


No habían pasado ni dos días cuando llegué a mi casa más temprano de lo habitual porque acababa de tener una discusión con el dueño de mi empresa. Al entrar a la sala, noté que no había nadie. Me serví un vaso de agua y escuché que el celular de Dorotina vibraba con los mensajes de voz de su WhatsApp. Le había puesto una alerta con una de las frases de una canción de Rocío Dúrcal. La misma que cantaba cuando planchaba nuestra ropa. Sonó una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, cinco veces, seis veces. Me acerqué curioso y vi que no tenía clave de acceso. Revisé la conversación y lo primero que encontré fue un grupo de selfies de mi esposa desnuda, quien reposaba plácidamente sobre sus tetas.



* * *


Edgar Vergara es colombiano, creativo, empresario y vive en Medellín.

Este relato forma parte de uno de los ejercicios de las sesiones finales del Gimnasio Narrativo, revisado y editado para esta revista virtual.

Abril-junio 2020. Segunda edición.


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