Del libro que no pienso escribir

Es cierto, tal como la vida, el mundo puede ser dantesco y oscuro, pero también maravilloso. Eso depende de tantos factores o variables que hasta ustedes los conocen. 


Los enanos somos nosotros, que igual podemos desnudar nuestras peores mezquindades cuando buscamos atención o podemos ser tan ruines y cobardes como espléndidos y llenos de esperanza.


La humanidad está repleta de tramposos e idiotas, y eso incluye, por supuesto, nuestro país y nuestra ciudad. Incluso a algunos de nuestros amigos o familiares. Lo que probablemente no existe es un idiota repleto de mundo, o al menos no de un mundo interior rico y diverso. Por eso es peligrosa la ignorancia y por eso creo y defiendo el conocimiento, pero más aquella sencilla máxima de hacer bien sin joderle la vida al otro. La honestidad, el respeto, la alegría, la inventiva.


Los ineptos que gobiernan mi país y los cretinos que los defienden han logrado desplazar las discusiones más importantes de este siglo por meterse la nariz en el culo y pretender que el resto haga lo mismo, y en alguna medida lo han logrado. Apuntaban a su ombligo y se equivocaron.


Claro que no son y no serán más que un microbio en la trama del tiempo, un par de párrafos mal escritos en los libros más delgados de la infamia. Ellos no lo saben, pero es que no saben muchas cosas, salvo construir cementerios y llenarse los bolsillos de sangre y mierda. O atragantarse con panfletos autocomplacientes mientras celebran sus fracasos. Así funciona la codicia. Existen para combatir en un cuarto lleno de espejos. Puro vapor. Y la verdad es que tampoco son pioneros ni únicos en su clase, apenas otro montoncito de violentos con vidas repetidas y cada vez más estrechas. Arrogantes, avaros y amantes de su encierro y del encierro ajeno.


A mí me generan hasta cierta lástima, aunque haya otros que mueran y sean asesinados por entrar en ese juego estúpido de ataques y contraataques. Es cierto que tienen un peso innegable en el presente de millones, pero si me preguntan, creo que eso no es más que otro accidente político e inútil, una tragedia pequeña y cíclica. Les servirá la vida para nadar en el lodo, pero ni sus bisnietos los recordarán en el futuro. Serán un grafiti con un pupú de perro al frente.


Lo público, hasta determinado punto, llega a ser indivisible de lo privado, pero los sistemas se instalan y caen. El poder tritura cuando el que no tiene poder se deja. Miren el planeta, tan vasto y tan lleno de personas que viven en la miseria. Sopesen el tamaño del jodido universo. Lean un par de perfiles, tres putos libros de historia, cuatro miserables buenas novelas. Y si pueden, viajen. Muévanse. Sean elásticos tanto como puedan. En el desplazamiento hay una carga importante de energía.


Esta brecha lamentable de caos y padecimiento hundirá el ánimo de los más débiles, y con esto no quiero decir que ser fuerte sea igual a ser bueno ni que todos tengamos las mismas posibilidades, pero el tiempo y las montañas, e incluso algunos animales, están ahí para recordarnos que la inmensidad y la trascendencia no tienen nada que ver con este presente que aún discute temas de hace uno, dos o tres siglos. Por favor: dejen de mentirse, vean en serio a su alrededor. ¿Qué coño están decidiendo y qué están dejando de decidir?


Apuesten por la construcción de espacios vitales, de verdadero intercambio colectivo, los micromundos deslastrados de idiotas y fanáticos, que abundan por millones y son de cualquier nacionalidad, de cualquier raza, de cualquier nivel socioeconómico, de cualquier ideología. Suena difícil pero no lo es tanto. El amor en lugar de la maldad. El placer en lugar de la apariencia. Suena un poco inasible y lo que verdaderamente resulta es inconstante. Pero ese y no otro es el juego. De eso se trata, en líneas generales.


No sé cómo haré para explicarle a mi hija algo de todo esto: que ser solidario, abierto y receptivo siempre será mejor que pensar en revanchas vacías. Que sufrir es inevitable, pero sufrir todos los días es de imbéciles. Que los afectos también se escogen y se cultivan. Que el mundo es o puede ser tan inmenso como su interior y sus deseos. Que las fronteras existen, son reales, pero parten todas de la mente. Que sus ideas han de construir símbolos mayores que una puta bandera que en el mejor de los casos sirve para celebrar afinidades geográficas y en el peor para que otros se limpien la nariz cuando logren sacársela del culo.


Cómo haré para decirle que la realidad es difusa y la vida es corta para que sea tan breve. Que invierta bien su tiempo. Que los hechos pequeños, concretos, triviales, pueden servir para celebrar goces microscópicos, tan dignos del disfrute como del olvido, pero nunca para hundirnos en una tristeza ridícula.


Que pensar en ti puede llevar a que te llamen egoísta, pero que solo lo harán quienes anhelan tu vida por carecer de una propia que les guste. Que una opinión puede ser potente y al mismo tiempo efímera. Que no le tema a lo fugaz y abandone toda noción de avaricia. Que cuando existe un ruido sordo lo mejor es hacer silencio. Que afile la mirada. Que avance despacio. Que escoja bien sus luchas. Que cultive su espíritu y busque la plenitud allí donde poco o nada que ver tienen los desconocidos y los injustos. 


Que, en efecto, tal como la vida, el mundo puede ser dantesco y oscuro, pero también maravilloso. Y que a pesar del peso de las circunstancias externas y objetivas, por lo general eso va a depender de nosotros mismos. De aquello que buscamos, de aquello que creamos, incluso de aquello que elegimos no hacer.



©2018 by Leo Felipe Campos