David Hutchinson: los dos lados del cristal

Volvió a su casa sin sobresaltos luego de cenar con dos amigos en Usaquén. Estaba solo en Bogotá porque su esposa había viajado a Filipinas para visitar a su familia. Eran las 8:30 de la noche de un primero de mayo del año 2002. Día lento, día festivo. Al entrar al parqueadero de su edificio ubicado en Rosales, zona acomodada de la capital colombiana, el sistema de luces automáticas no se encendió. Algo habrá fallado en el sensor, pensó en un pestañeo y siguió como si nada. En ese momento no se dio cuenta de que había reparado en ello. Un minuto más tarde lo entendería. Frenó, puso el pare, giró la llave y fue sorprendido por una voz apenas bajó de su automóvil.


—¿Usted es el señor Hutchinson? —preguntó un extraño con buena pronunciación.


—Sí —respondió él.


No sabe por qué dijo la verdad, pero la dijo. Así es la velocidad del asombro. Hoy no recuerda si fueron cuatro o cinco los sujetos que le saltaron encima, aunque pudo ver que estaban armados, usaban máscaras y chaquetas de cuero. Trató de forcejear y resultó inútil. Lo tiraron al piso, le metieron un trapo en la boca con una sustancia anestésica para tratar de drogarlo, le vendaron los ojos y lo amarraron de pies y manos. Después lo lanzaron dentro del baúl de su viejo Mercedes 250 color granate y arrancaron. El vigilante, un cómplice según determinaría la Policía meses más tarde, abrió la puerta de acceso sin hacer preguntas, y el carro se perdió en medio de la noche.


Dentro de la pavorosa estrechez del baúl, David Hutchinson, inglés y exbanquero jubilado, intentaba comprender lo que ocurría. Estaba angustiado en medio de la oscuridad. Luego de una hora, por el movimiento, sintió que atravesaban un camino sin asfaltar y subían una cuesta. Los maleantes habían conducido hacia el sur. Salieron de la ciudad y se detuvieron frente a una casita pequeña, en algún lugar montañoso que no supo reconocer. A David le costaba respirar. El pánico y el mareo comenzaban a invadirlo cuando abrieron la cajuela y le quitaron la venda de los ojos. Vio a uno de los hombres. Vio, también, su arma de fuego.


—No grite, que aquí nadie lo va a escuchar. Y no haga nada estúpido para que no lo matemos.


Aquel sujeto quiso cerrar el baúl, pero David lo detuvo con sus pies.


—¡¿Qué quiere?! —preguntó el secuestrador, y le quitó el trapo de la boca.

David le respondió entre atolondrado y suplicante con su español de marcado acento británico:


—Mire, me voy a morir. Si tú cierras el baúl me quedo sin aire.


El criminal sacudió su pistola en señal de amenaza y dejó la cajuela abierta. Al cabo de media hora un perro ladró cuando vio llegar una camioneta Toyota Land Cruiser 4 x 4. Varios hombres salieron de la pequeña casa, recogieron a Hutchinson y lo llevaron a los asientos traseros de la Toyota.  


—¿Quieres acostarte o sentarte?


David se sentó y la camioneta inició su recorrido. Subió por un camino de tierra cada vez más alto. El Mercedes los siguió. Hacía frío. Aunque la noche sin luna era negra, a Hutchinson se le dificultaba saber la hora, como si fuera un dato importante. Esperaron hasta que sonó una llamada telefónica. Y siguieron esperando.


A David lo sacaron entumecido cuando el sol terminó de despuntar. Lo primero que vio fue un potrero. Le pareció que estaba en otro mundo, y le pareció bonito. Todos seguían en silencio y él entendió que lo mejor era no hacer preguntas, sobre todo cuando vio aparecer a un hombre uniformado, con botas pantaneras y un rifle colgando del hombro. Tenía un bigote fino, la nariz afilada y el pelo negro lacio. El típico campesino de la sabana, pensó Hutchinson, que se había puesto de pie sobre sus calcetines. Estaba sin zapatos.


Los secuestradores le soltaron las amarras.


—Llegaste —le dijeron.


El uniformado lucía sobre sus hombros las siglas FARC-EP. Intercambió algunas palabras con quienes habían capturado a David en su edificio. Luego se volvió hacia él y le preguntó:


—¿Sabes quiénes somos?


A sus 59 años, David Hutchinson, el exbanquero inglés, supo que a partir de ese momento no sería más que una moneda de cambio. Un ‘objetivo económico’, como le había aclarado aquel guerrillero, presumiblemente del Frente 51, detrás de una sonrisa que le pareció despreciable.


—¡Bienvenido a la revolución armada!



II


Dice su nombre despacio mientras se seca el sudor. Acaba de llegar y come a prisa para atendernos a la hora. Es la estricta puntualidad inglesa, pero a la colombiana. David John Hutchinson se sienta en la sala de su apartamento, rociada aquí y allá por fotos familiares enmarcadas en portarretratos. Habla con cercanía y cordialidad.


El suyo es un hogar silencioso y con buen gusto, tiene una decoración más bien típica del siglo XX. Destacan obras de arte precolombino y máscaras de lejanas etnias de Oceanía que ha recogido durante sus viajes y mudanzas. Viene de hacer lo que hace a diario: reunirse con amigos, ofrecer charlas y asesorías en universidades y entidades financieras.

Actualmente, tiene setenta y cinco años; dos hijos propios, John, el mayor, ingeniero mecánico; y Victoria, quien trabaja en la industria editorial. Un hijo al que siente como suyo, de su actual esposa, la filipina de origen español María Cecilia Muñoz, a quien cariñosamente llama Nanette. Y seis nietos en total.


David es paciente y muestra un elocuente sentido del humor. Es también un amante de la naturaleza y la botánica; en la terraza exterior de su apartamento, que ofrece una vista panorámica de Bogotá, privilegiada e impactante, bailan con la brisa decenas de orquídeas que cuida con pasión junto a su esposa. La luz se cuela en diagonal y le da en el rostro.


—Los extranjeros no usamos el segundo apellido —dice cuando se lo pregunto.


Es curioso, yo también soy extranjero y a veces uso mi segundo apellido. David da la impresión de asumirse como alguien diferente en este país del que nunca pensó en irse: un inglés nacido en India, trotamundos acoplado y de mirada alternativa. Una persona de afuera que vive adentro. Muy adentro. Salvo una inesperada voltereta del destino, sugiere, en Colombia vivirá hasta el último de sus días. Es un ser humano agradecido.


Sus hijos y nietos viven todos en países del extranjero. Su esposa, Nanette, puede o no estar en casa, al igual que su empleada doméstica. Queda claro que para recorrer su vida, en especial aquella dura etapa del secuestro que sufrió en el año 2002, Hutchinson prefiere hacerlo a solas. Y desde este espacio de calma y comodidad reconstruye un grueso de su pasado, comenzando, cómo no, por donde empieza todo inicio de lo que somos: nuestros padres y los padres de nuestros padres.


—Ambos son británicos. La familia de mi padre es del norte de Inglaterra; eran industriales, pero más bien científicos. Mi abuelo, después de graduarse en la universidad, fue profesor de Física y Química; y su padre venía de un grupo de personas que estaba desarrollando la industria del hierro fundido, hecho de mineral de hierro, cal y carbón, antes de la invención del acero.


Estos industriales sufrieron con el colapso de la economía occidental que representó el gran Crash del 29. Por ese motivo, el padre de David abandonó el negocio familiar y se presentó al Ejército de la India, que formaba parte del imperio británico. Allá conoció a la mujer que sería su esposa: la madre de David.


Como militar, el padre de David debió combatir en la Segunda Guerra Mundial, específicamente contra los japoneses en Birmania. En cambio, su madre permaneció en Peshawar, que hoy pertenece a Paquistán, pero entonces estaba también bajo dominio del reino inglés, y allí nació él, en 1943.


Cuatro años más tarde, cuando la India obtuvo su independencia, fue con su familia hasta Inglaterra, donde vivió su infancia y adolescencia internado en el colegio rural donde estudió: una vieja casa de campo al norte de Londres.


—Muchos británicos estaban trabajando en otros países, entonces los viajes eran difíciles, no había aviones y las distancias eran grandes.


Hutchinson recuerda que durante su niñez compartió con católicos y judíos, y con niños de Persia y de la India. Había una mezcla variopinta. La religión protestante tenía su peso, pero no era lo más relevante del sistema educativo. En la Universidad de Oxford terminó su formación clásica: estudió Latín, Griego y Filosofía. Comenzaban los años sesenta y gracias a sus deseos de viajar eligió una carrera vinculada a un banco internacional, el Bank of London and South America (Banco de Londres y América del Sur, fundado en 1923, aunque sus orígenes se remontan al siglo XIX).


—Después de la guerra el mundo vivió un periodo de racionamientos por la total escasez y falta de plata, pero tuvo que empezar a despertar. Europa era un área definida por una pobreza que trataba de levantarse; y eso terminó en una explosión de libertad y consumo, la música de The Beatles, la ropa, los carros más interesantes, Wimbledon... Y Londres siempre ha sido un gran centro financiero, hay bancos, seguros, entidades de mercado de capitales. Mi idea era ir a países que no habían pasado por la guerra, desarrollarme dentro de un ambiente distinto, más complicado; o sea, no hacer las cosas fáciles, no quedarme en casa hablando inglés y ya. América aceptaba inmigrantes, era un continente abierto, no era complicado venir y buscar trabajo, le daban la bienvenida a todos.


—Y si llegaba con un contrato en un banco, mejor.


—Exacto, y a mí me aceptaron. Fui enviado como aprendiz a la sucursal del banco en Buenos Aires, Argentina, en 1967.



III


Dos meses y medio antes de que raptaran a Hutchinson, exactamente en la mañana del 20 de febrero del 2002, un comando de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) había secuestrado el avión HK 3951 de la aerolínea Aires, que cubría la ruta Neiva-Bogotá, con treinta pasajeros a bordo.


Tal como constatan los reportes de la época, los guerrilleros desviaron la aeronave hacia El Hobo, en Huila, y la hicieron aterrizar en una carretera que habían despejado para tal fin. Liberaron a la mayoría, menos al senador Jorge Eduardo Géchem Turbay. Esta acción terminó de ponerle fin a los diálogos de paz que habían iniciado tres años antes entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc.


Solo tres días más tarde, el 23 febrero, la candidata y vicecandidata presidenciales Íngrid Betancourt y Clara Rojas fueron secuestradas durante una visita que pretendían hacer a la zona desmilitarizada de El Caguán. En plena campaña electoral volvía a crecer la tensión en torno a los grupos insurgentes. Una de las primeras medidas del Gobierno colombiano fue retirarle a las Farc su estatus político.


El 2 de marzo, la Policía colombiana capturó a José Parménides Castro, quien entonces comandaba el Frente 51 de las Farc, que operaba en Cundinamarca. El comando del Ejército señaló que el jefe guerrillero había abandonado su facción quince días atrás, luego de llevar consigo 500 millones de pesos en efectivo (unos 217.000 dólares), "producto de extorsiones y secuestros" perpetrados por el Frente 51. El arresto de Castro se produjo solo tres días después de que el Ejército asesinara en un enfrentamiento a Salvador Vargas, alias “Silverio”, comandante del Frente 54 de las Farc. Silveiro era acusado de comandar secuestros y extorsiones en las cercanías de Bogotá.


El 16 de marzo, el arzobispo de la Arquidiócesis de Cali, monseñor Isaías Duarte Cancino, quien se había pronunciado públicamente en contra de guerrilleros y narcotraficantes, fue asesinado por sicarios en Cali. Cuatro días más tarde, el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) capturó al traficante de armas Luis Fernando Gómez Gómez, alias “Mono Parranda”, quien según informaciones oficiales de entonces abastecía a los frentes 35 y 37 de las Farc. Por si fuera poco, al día siguiente doscientos guerrilleros de las Farc se tomaron el acueducto de Pasto para desabastecer de agua a la población y exigir la presencia del alcalde de Pasto y el gobernador del departamento de Nariño.


El 11 de abril, combatientes de las Farc asaltaron en Cali la Asamblea Departamental del Valle del Cauca y secuestraron a doce diputados; el 14 de abril una carga explosiva detonó cerca de la caravana de carros que acompañaba al entonces candidato presidencial Álvaro Uribe en Barranquilla, y el 21 del mismo mes el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, y su asesor de Paz, Gilberto Echeverri, fueron secuestrados por las Farc.


En ese marco de recrudecimiento del conflicto, con nuevas y constantes acciones guerrilleras y sus respuestas militares, ataques y contraofensivas a fuerza de amenazas y plomo, se dio el secuestro de Hutchinson y otras personas en la capital colombiana.


—La guerrilla ya no podía andar con relativa seguridad. En el caso mío y en el de otros secuestrados que encontré, todos habíamos sido raptados en Bogotá y luego llevados a la localidad de Sumapaz —comenta David—. En Colombia el negocio más fácil para el secuestro era venderte a las Farc, una preventa de la víctima arreglada a través de contactos en la ciudad, de milicianos o gente que sube y baja a las montañas.


Sin zapatos porque sus plagiarios tenían la idea, si se quiere un tanto hollywoodesca, de que él podía llevar escondido en las suelas un transmisor GPS, Hutchinson fue guiado a través del monte por potreros y sembradíos, y ahí, entre vacas pastando, encontró a otro secuestrado, un comerciante de Corabastos. Iban sin vendas en los ojos y podían conversar. El primer campamento, apunta David, era precario.


—Era cerca de Bogotá. En esa época uno podía ‘tirar una piedra’ y la guerrilla estaba ahí, encima de Sibaté. Este muchacho y yo quedamos una noche solos en un cambuche pobre, porque eso era lo que se puede llamar la primera línea de guerra, muy peligroso para ellos, no podían quedarse ahí mucho tiempo. Recuerdo que hicieron una sopa para almuerzo y después llegaron otros guerrilleros, que eran más impresionantes: dos mujeres y un muchacho. Las mujeres vestidas todo de negro, evidentemente de una clase superior. Yo más o menos puedo intuir de dónde venían o qué clase de gente era. Eran importantes, gente que vive en Bogotá, que subía y bajaba, y que uno podría cruzarse ahora en el centro, en la universidad, pueden estar ahí y después suben y pasan unos días en la guerrilla, era así. Entonces llegaron y nos miraron, preguntaron quiénes éramos los dos, y una de las guerrilleras dijo: “Bueno, para adentro”.


El comandante, aclara David, era un campesino, y recibió sin chistar la orden que le dieron estas dos universitarias intelectuales de la guerrilla.


—Ellas se fueron, pasamos una noche y después nos llevaron a un segundo campamento. Como estábamos cerca de Bogotá nos encadenaron a unos árboles con cadenas de acero y candados, para no dejarnos escapar.


En ese segundo campamento, relata David, los guerrilleros patrullaban más que en el anterior. Se veían agitados, temían que el Ejército colombiano lanzara algún ataque. Tras la llegada de otro sujeto que venía de la ciudad y repartió nuevas órdenes, apareció un contingente que los trasladó a un tercer campamento, más robusto, con unos noventa o cien uniformados, según su memoria.


—Eso sí era una compañía de verdad, con comandantes importantes, perfectamente educados, buena gente, pero nos dijeron: “Aquí no pueden quedarse porque es muy peligroso. Estarán solo una noche”. Nos dieron un cambuche y al día siguiente: “¡Tienen que salir ya!”.


Frente al momento, el lugar y su condición de víctima, David ofrece una mirada repleta de matices. Desde su memoria es capaz de cambiar de perspectivas; interroga, analiza y procura comprender los complejos engranajes de la guerra, no desde una condena absoluta y plana, sino desde el reconocimiento de las diferencias. A pesar de sus recuerdos dolorosos, ríe y apunta a las posibilidades de crecimiento que vivió mientras lo mantuvieron cautivo.


—Allí tuve la sensación, por primera vez, de estar al otro lado de la guerra. Los secuestrados íbamos con el enemigo, compartíamos su miedo cuando el Ejército estaba muy cerca de nosotros, con los aviones pasando encima. Estábamos en dirección a Sumapaz con la guerrilla extremadamente nerviosa. Así es la zona de conflicto. Estábamos presenciando una guerra de verdad; todo era disciplina militar, todos uniformados, con armas y equipos para escuchar aviones.


—¿Les permitían conversar con comandantes guerrilleros?


—No. No. Siempre aislados. Los guerrilleros en el frente de batalla no tienen ni tiempo, y no está permitido hablar con secuestrados; los secuestrados no deben estar ahí. El comandante es un señor perfectamente educado, actúa normal, a veces él te habla un poco: “¿Cómo están?”, “les voy a poner aquí”, “aquí no pueden quedarse”, y después de eso llegan más guerrillos, los que están designados para cuidar secuestrados. Así es el negocio. Estos son los que han sido heridos de bala en combate y están curándose, o los que tienen otros problemas y no pueden pelear.


Según su relato, luego de ese campamento peligroso con una compañía numerosa lista para combatir, trasladaron a los rehenes hasta un pueblo de montaña llamado Nazareth, y después, a paso de bestias, los internaron en el Páramo de Sumapaz.


—Todavía éramos dos secuestrados, pero el otro, el colombiano, dijo que no sabía montar, ¡y a mí me gusta montar! Entonces tomé la yegua y él tomó la mula, y subimos, ¡fuifgh! Arriba, arriba, arriba, arriba… Salimos de los cultivos y casitas de campesinos sembrando papas, y entramos en el páramo, eso fue en un día. Llegamos bastante alto. Hicieron un cambuche, quedamos los dos y devolvieron la yegua y la mula, porque no había trocha ni nada. Subimos más y más, y la segunda noche llegamos a un campamento donde había otros secuestrados. Fue un alivio, tuvimos nuevos amigos con quien hablar y compartir. Ahí no hay árboles, solo un poco de arbustos, es bastante pelado. Había cuatro o cinco cambuches compartidos, y éramos como ocho secuestrados.


Cuenta David que en ese sector del páramo fue donde más tiempo estuvieron retenidos: alrededor de cuatro meses. Al igual que los otros cautivos con quienes compartía, Hutchinson fue despojado de sus pertenencias: zapatos, billetera, documentos, dinero, celular... Y su celular, según sabría mucho después, estaba siendo rastreado por la Policía. Alguien había efectuando llamadas con él desde Ibagué.


Diez meses luego de su captura, tras quedar en libertad, Hutchinson publicó un libro sobre su experiencia, Through a looking glass (A través del espejo), una metáfora clara de su vivencia como rehén: verse reflejado, aunque imposibilitado de saber qué hay detrás del cristal, qué está pasando al otro lado del espejo.


Y al otro lado estaban Nanette y Jhon, su hijo mayor, quien vivía en Londres y viajó hasta Bogotá al enterarse del rapto de su padre; sus excompañeros del mundillo financiero y algunos buenos amigos. David había sido muy respetado, querido y admirado durante su paso por el Banco Anglocolombiano. Entre esos seres cercanos estaba Alba Rojas Sanabria, quien fuera su mano derecha en el banco, una persona de su entera confianza.


Ellos se reunían de vez en cuando junto a otro hombre, el hermano de una amiga de David que vivía en Medellín, y un señor que apareció de repente, de forma sorpresiva, el dueño de una fábrica de ladrillos, alguien que había estado secuestrado con Hutchinson, alguien que ya había sido liberado y traía un mensaje del exbanquero inglés.



IV


Antes de llegar a Colombia, David Hutchinson vivió un largo periplo de cambios y traslados. Desde aprendiz como cajero en Buenos Aires, trabajando en atención al público detrás de un mostrador, hasta ser el presidente del Banco Anglocolombiano en Bogotá; vivió en España, Inglaterra, Francia, Brasil, Australia, India, Filipinas y Papúa Nueva Guinea.


Como vocero de instituciones financieras debió negociar por igual con el totalitarismo comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas a inicios de los años setenta y con la dictadura militar nacionalista de ultraderecha de Francisco Franco en España. Negocios, inversiones, grandes proyectos de financiación a gobiernos para compras, establecimiento de empresas nacionales de alimentos, textiles, minería o automóviles.


En Buenos Aires conoció a su primera esposa, la argentina Graciela Busto, y pronto volvió a Europa a recorrer países y aprender sobre economía y finanzas mientras ascendía en los bancos aliados donde trabajaba. Estando en Londres nacieron Jhon y Victoria, sus hijos. Él y Graciela viajaron siempre con ellos. En cada país al que llegaban se instalaban y comenzaban el proceso de buscarle un colegio bilingüe a los chicos. Estando en España, Hutchinson manifestó su interés de volver a América Latina.


—Entonces tuve una suerte loca, me ofrecieron un puesto en Brasil. Pasé ahí entre 1976 y 1980. ¡Genial! Siempre en Sao Paulo. En esa época Brasil estaba en una subida inmensa, el país cambió enormemente y mientras hacía eso atraía capitales, inversiones, préstamos bancarios, todo lo que quería. Era espectacular. Todo el mundo quería estar en Brasil, era un país donde tenías que estar adentro porque no era de libre comercio, ellos querían desarrollar todo adentro y proteger sus economías; había proyectos de generación de electricidad, hidroeléctricas, centrales de generación nuclear, ferrocarriles, minas, fábricas de automóviles, aviones... una experiencia fabulosa. Y la gente es divina.


Aunque Hutchinson no lo menciona, desde el golpe de Estado de 1964 en Brasil, y hasta 1985, el control militar ejerció una fuerte censura contra la libertad de expresión, además hubo persecuciones, ajusticiamientos y torturas, hoy documentadas, a líderes políticos de izquierda. Eso marcó a un país que, a su vez, se abría a nuevas alianzas económicas de comercio exterior con China y Angola, y con los años, poco a poco, a una mayor democratización en aspectos concretos de la vida civil, además de la participación de nuevos partidos.


David estuvo en Sao Paulo hasta que a inicios de los ochenta hubo un ajuste en la legislación financiera en Australia, y ese hecho lo empujó a empacar nuevamente las maletas luego de cuatro años para emprender otro largo viaje con su familia, y adaptarse a un nuevo cambio de cultura. Aunque era sabrosa la vida, dice Hutchinson, quien recuerda cada desplazamiento con una sonrisa en la cara.


—Australia también es un país grandísimo, supremamente interesante, estimulante. Mis hijos fueron a colegios y la pasamos buenísimo…  Pero después me mandaron a abrir una oficina en la India, entonces volví a Nueva Delhi, donde había nacido, después de más de treinta años. Imagínate. ¡Fabuloso! Pero algo malo pasó: Graciela, mi señora, enfermó de gravedad.


En esa situación, el banco envió a Hutchinson a Londres, donde esperaba obtener un mejor tratamiento médico para su esposa. Pero Graciela murió.


—¡Pum! Y en ese momento, además, estalló la crisis financiera en América Latina. Toda la plata que habíamos prestado se fue al diablo. América Latina tuvo que hacer una renegociación de la deuda externa. En la carrera de banqueros de mi generación eso nos marcó, fue un momento en el que todo cambió, porque nuestro banco se había concentrado durante casi cien años en América Latina, y de repente ¡pla!, no pagaron su deuda. Muchos bancos tuvimos que hacer una provisión contra nuestro patrimonio, nos volvimos como enfermos, medio muertos, y duramos años tratando de volver a capitalizarnos.


Después de enviudar y solo con ganas de seguir trabajando, a Hutchinson lo enviaron a Filipinas, donde conoció a Nanette, su actual esposa; y luego a Papúa Nueva Guinea. Allí, recuerda él, estando en shorts y mirando al mar, recibió una llamada desde Londres. Era su jefe, quien le proponía un nuevo cambio.


—¿Quieres ir a Colombia?


—Sí.


—¡No seas idiota! Tienes tiempo para pensarlo. Hablemos mañana.


Al día siguiente, Hutchinson tenía su respuesta preparada:


—¡Vamos a Colombia!


La estrategia financiera para este país era acompañar el fortalecimiento que impulsaba el Gobierno de entonces a través de un marco legal para nacionalizar la banca y crear empresas mixtas.


—Esto internamente tuvo un efecto positivo, porque si tú eres cien por cien extranjero tienes un jefe encima todo el tiempo, hay que pedir permiso a Londres para hacer esto, para abrir una sucursal o lo que sea, pero siendo una empresa nacional con una acción en la bolsa de valores aquí y una junta compuesta también con colombianos, fuimos adelante.


Tuvimos que cambiar el nombre y llamarnos Banco Anglo Colombiano. Así como el City Bank se llamaba Banco Internacional, el Royal Bank of Canada se llamaba… emm... ahora no me acuerdo, ¡pero todos tuvimos que cambiar el nombre! Nosotros no tuvimos por qué no crecer aquí, fue muy divertido, hicimos cosas y más cosas.


Tal como apunta David, llegaron a ser “un banco todero” en Colombia, con capacidad para generar más de mil empleos directos en las 66 sucursales que inauguraron a lo largo del país. Pero eso fue algo que lograrían con los años. Antes vendría su primera impresión.


—Yo llegué en el peor momento de la violencia del narcotráfico. Creo que le habían ofrecido ese trabajo a medio centenar de colegas míos, y todos dijeron ¿Colombia? Qué tal. ¡No! Antes de viajar me mandaron a Inglaterra a solicitar una visa de trabajo.


El cónsul en Londres finalmente se la dio y tomó un avión a Miami.


—Debía llegar con Eastern Airlines el 6 de diciembre de 1989. Me levanté tempranito porque el avión salía a las seis de la mañana. Bajé a tomar un café en el hotel del aeropuerto. Allí me dieron un periódico, el The US News World Report, y cuando leo: en la primera plana estaba la foto de la bomba que había estallado en la sede del DAS. ¡Pam! Llamas en colores saliendo de la página, y yo en media hora tenía que tomar un avión para ir a Bogotá. Todo era completamente loco. En ese avión solo había como seis personas. Imagínate la atmósfera. Era tremendo.



V


Los voceros de las Farc para negociar la liberación de Hutchinson comenzaron exigiendo dos millones de dólares. Una vez que tuvieron noticias suyas, el grupo de Alba Rojas y sus amigos conversaron con el hermano Raymond Schambach, un sacerdote estadounidense de madre colombiana que vivía en Cali desde los años setenta, un hombre controvertido, fuerte, carismático y de pública vocación humanitaria, quien, según cuenta Rojas, había servido antes de intermediario para colaborar en la liberación de otros secuestrados.


En adelante, del ‘otro lado del vidrio’ sería Ray quien tomaría la voz por parte de los amigos y familiares de Hutchinson.


En su libro Through a looking glass, David narra que entre junio y julio las negociaciones para su liberación fueron tensas. Del monto que originalmente exigía la guerrilla, sus amigos y familiares podían garantizar menos de la mitad. Eso no cayó bien dentro de las Farc, entre otros motivos porque entendieron que la Embajada británica y los Grupos de Acción Unificada por la Libertad Personal (GAULA) del Ejército estaban al tanto, y se suponía que no debían informar a las autoridades. El exbanquero recibió amenazas de muerte.


Esta es una de las breves conversaciones telefónicas que Hutchinson rememora en su libro, entre Ray Schambach, a quien llama Padreè, y el comandante guerrillero:


—La platica que están ofreciendo es muy poca. ¿Quieren ver el cadáver de este hijo de puta, o qué?


—Estamos tratando de vender hasta los muebles del jardín, pero está lloviendo mucho en Inglaterra.


—Estamos hartos de ti; no nos gusta que nos mamen gallo.


—Estupendo, ¿puedo renunciar? Porque creo que tú no estás preparado para negociar y yo tengo otras cosas que hacer.


Las llamadas y contactos se sucedieron con el transcurso de las semanas. La presión aumentaba. Por si fuera poco, la llegada a la presidencia de Álvaro Uribe Vélez en agosto del 2002 trajo consigo un fortalecimiento del Batallón de Alta Montaña del Sumapaz, creado el año anterior por el Ejército colombiano para combatir, justamente, a los guerrilleros que hacían vida en la zona donde estaban secuestrados Hutchinson y los otros. Ese hecho obligó a que se cortara la comunicación debido al movimiento de campamentos de las Farc y al traslado de esos rehenes a otra zona del país.


—Nos juntaron a todos y caminamos, había mucha gente y llegamos a un campamento grande, arriba de la Cabrera. Había como tres frentes, el frente del comandante Mejía, el frente del comandante Byron, emm… y otro comandante, ¡pero impresionante! Porque eran, lo que quieras, como ochocientas personas. Habían recibido órdenes de evacuar Sumapaz e ir para la selva, cerca de la Macarena, en el Meta. Salimos a caminar montones. Mucha gente. Y tres comandantes, más los perros y las yeguas. Bajamos por un río al que llamaban el río Duda. Fueron semanas caminando. Cambia el clima, cambia todo…


Explica Davud que la guerrilla tiene una línea invisible alrededor de su centro, donde están los miembros del secretariado, y que es desde allí que se defienden contra el Ejército.


—Uno penetra eso y va para adentro. Ahí estás en lo que ellos llaman “nuestra tierra”. No va nadie, solamente ellos. Cuando estás en un campamento donde vas a quedar un rato, empiezas una rutina y te levantan a las cuatro y media de la mañana. En uno de esos campamentos me llamaron y me dijeron: “Venga con nosotros”. Yo fui y había un comandante en una casita de madera, que estaba sentado afuera. Él empezó a tomar nota, tenía papel y lápiz: “¿Cómo se llama usted?, ¿qué hace?”. Escasamente sabía escribir, era de origen puramente campesino, pero muy experimentado, un guerrillero de importancia. Uno sabe quién era el que mandaba con el negocio del secuestro allá, pero, pues, no sé, y no quiero, no quiero saber... Pero era tan importante que hacía las entrevistas y tenía la información de a quién tenía. Él era el que había dado la autorización de secuestrarme.


—¿En ese punto, varios meses después de su rapto, sentía que su vida estaba en peligro?


—En ciertos momentos, sí, pero ellos tienen como objetivo sacar la plata de los secuestrados. Esas son las reglas. Y son colombianos normales y corrientes. De noche uno puede cantar o jugar tejo con ellos, o jugar ajedrez, uno juega mucho ajedrez, algunos comandantes de la guerrilla habiendo jugado ochenta mil partidos de ajedrez son muy buenos.


En Through a looking glass, Hutchinson habla sobre un primer comandante que estuvo encargado de cuidar a los secuestrados durante varias semanas, día y noche. Un hombre que, según su propio relato, había trabajado en los llanos cuidando ganado hasta que unos efectivos del Estado colombiano lo convirtieron en sospechoso y lo metieron preso en Villavicencio. Al salir consiguió una pistola, subió a un bus y mató a un policía. En adelante, para refugiarse, se asimiló a las Farc.


—Jugaba muy bien ajedrez. El día que por fin pude ganarle me dio satisfacción. Él venía todas las noches y decía: “Vamos a jugar un partidito”. Y fue agradable. Además, cuando uno se lastima; yo me caí cruzando una chamba en alta montaña, patiné y me golpeé y empecé a sangrar enormemente. Y él me curó, él estaba muy atento. No tienen medicinas ni nada, o sea, la vida es muy primitiva, ¡o vives o mueres! Y el cuerpo se cura lavando con agua y nada más, pero en eso él era perfectamente humano. Y también hay campesinos guerrilleros que son muy chicos, apenas tienen catorce o quince años.


Hutchinson no desconoce el poder de fuego de las Farc ni niega la existencia de criminales despiadados entre sus filas, repite que se trata de un grupo ilegal que se alimentó del narcotráfico y realizó prácticas terroristas, pero resalta el diálogo político constante que había entre sus comandantes y milicianos, donde existe, detalla, una educación ideologizante anticapitalista y antiestadounidense.


—Hacen una estructura con bancos y troncos para sentarse y, arriba, ponen como una tarima. Hay personas en la guerrilla que son como profesores de marxismo. Historia colonial, los indios contra los españoles, el capitalismo... Es solo para ellos. Siempre tiene que haber alguien encargado de impartir la doctrina, aunque sea analfabeta. Ese es el sistema hasta que llega la persona importante de la universidad tal o cual… del Cauca, del Norte, de Bogotá. Había un profesor muy divertido, pudimos hablar mucho con él, cargaba libros de poesía en su morral, y fumaba una pipa, siempre estaba buscando picadura de tabaco, parecía un intelectual de una película italiana de los años sesenta...


En los meses que siguieron, primero en el páramo y luego en el departamento del Meta, Hutchinson intentó aprender las formas de vida en el monte, procuró desarrollar su paciencia y se entregó a la contemplación y al disfrute de la naturaleza tanto como se lo permitían, porque allí, en esas condiciones, dice, los seres humanos se vuelven más elementales.


—Ver los árboles, los pájaros y los micos, eso me encantaba. En Sumapaz y en ciertos sitios donde generalmente había una casa de un campesino, con unas vacas y una mula, poníamos nuestros cambuches alrededor, y había pequeños ríos y lagos... Ver eso es una belleza. Es una paz. Y ellos salían a pescar trucha para comer. En Sumapaz y Chingaza. Y si éramos amigos podemos participar. ¡Eso es bien adentro, donde el Ejército estaba lejos! Vivimos como una aventura campesina con ellos. Uno está en lo que llamamos un paseo ecológico y, pues, no hay otra alternativa.


Mientras, del ‘otro lado del vidrio’ Ray Schambach, Alba Rojas y sus amigos buscaban opciones de negociación para poder liberar a Hutchinson. Esa contradicción, o ese contraste entre realidades que se buscan pero no se tocan, es lo que Hutchinson llama la doble hélice: aunque ambas vidas giran en torno a un mismo eje es imposible que se encuentren; avanzan y dan vueltas sin que una tenga conocimiento de la otra, como un espejo de dos caras que refleja cada lado e impide ver lo que hay detrás.


—Ese momento fue duro, intentábamos mantenernos en silencio, ser cuidadosos, pero muchos querían ayudar, y la gente decía de todo —recuerda Alba Rojas—. Una vez llegaron y nos dijeron: “Miren, si ustedes quieren saber algo, realmente, y que David vuelva rápido, hay solo una persona que les puede ayudar”... Y, pues, en esas circunstancias todo era esperanzador. Entonces: “Sí, ¿quién es?”. Y era el general Maza Márquez… el del DAS. Bueno, yo no fui a esa reunión porque tocaba ir a su casa; además cobró una cifra horrible, absurda. Pero dijo que en tres días él hacía que lo devolvieran. Imagínate. Y era del DAS. Qué locura. Pero como cobró tanto... “¡No, gracias, muy amable!”.



VI


Hutchinson había perdido diecisiete kilos cuando fue liberado. Además de las caídas y cortadas, sufrió dolores en articulaciones y huesos. Incluso se infectó con Leishmaniasis, una enfermedad transmitida por la picadura de un mosquito, cuyo tratamiento debe hacerse con fármacos costosos, imposibles de adquirir por la guerrilla, pues están bajo el control del Estado. Sufrió lesiones en la piel. Estaba agotado, y de alguna forma, también resignado.


Una tarde, los allegados a una de sus compañeras cautivas, una mujer vinculada a la política, diputada del Congreso por Cundinamarca, lograron pactar un acuerdo con las Farc para su liberación.


Cuando ella se estaba marchando, luego de recoger sus cosas, le preguntó a los guerrilleros: “¿Y el míster qué?”. Hacía referencia a Hutchinson. Cuando le respondieron que él se iba muy pronto, la mujer pidió permiso para volver a su cambuche y tomar algo que había olvidado. Entonces le dio la noticia a su amigo.


—Eso me cambió la vida, quedamos dos días más, pero ya sabía que habíamos llegado al fin —recuerda hoy David desde la sala de su casa, mientras mira sus orquídeas por la puerta de vidrio que da hacia el balcón.


A las cinco de la mañana lo despertaron para decirle que se iba. Tomó un costal con algunas cosas y comenzó el tortuoso camino de regreso. Una larga caminata, durante varias horas, por los márgenes de un río, que él supone que era el Duda.


—Estaba muy debilitado. Llegó un momento en que nos sentamos y no podía levantarme, no podía caminar, mi cuerpo se puso todo tieso. Quería caminar, ¡pero no podía! Yo me decía, ¡camine! Y no. No se movió la pierna. Ellos dijeron: “Tienes que caminar, si no te devolvemos”. Y no pude. Entonces uno salió y volvió con una yegua. Me montaron encima y tuvimos que correr hasta llegar adonde esperaba un señor que reconocí, en una canoa. Luego fuimos a una casita con una bandera encima, tal vez una escuela rural, y me bajaron.


David usaba un uniforme de camuflaje que le hicieron devolver. Se volvió a poner la ropa con la que había sido secuestrado diez meses atrás. Le quedaba grande. En ese instante llegó un hombre con una camioneta Nissan último modelo que, según le dijeron ahí, había sido robada en Bogotá. Lo trasladaron hasta La Julia, un caserío, y lo dejaron frente a una iglesia.


—Bajé, caminé y entré. Había dos curas haciendo una misa y un montón de mujeres de la zona. Cuando entré, se paró la música y me miraron. Vino el cura y me dijo: “Te estábamos esperando”. Fue extraordinario. Estar en el mundo que conocía antes. Pero muy complicado. No sabes cómo hablarles. Estas personas que te reciben de nuevo en libertad entienden y te dan una buena comida, un chocolate caliente, un pan con queso. Tú no sabes qué hacer, solo duermes un poco.


Uno de los curas, de la orden franciscana, pidió una ambulancia para llevar a David en ella y saltar cualquier posible alcabala, bien fuera del Ejército, de los paramilitares o de otro frente de la guerrilla. Para estar seguros, lo vistieron de monje y le pidieron que no hablara y se hiciera pasar por italiano.


Esa tarde, luego de medio día moviéndose, finalmente llegó a la iglesia de Usaquén, en Bogotá. Ahí lo esperaban Nanette, su esposa; y también Alba con el resto de sus amigos. Curiosamente, lo primero que pidió fue una torta de chocolate.


—Tu mente cambia. Después de dos días quería caminar abajo e ir a un banco. Caminé y llegué a la Séptima, pero no pude atravesarla por el tráfico. No había visto tantos carros en diez meses. ¡No podía! Me paré al lado y empecé a llorar. A veces me acostaba aquí y cuando oía el sonido de un avión, me tiraba de la cama y trataba de esconderme.


A pesar de estas secuelas, que según dice logró matizar y drenar gracias, en buena medida, a la escritura de su libro, lo que además le permitió no sentir nunca la necesidad de volver a hablar del tema, el exbanquero siente un profundo amor y un agradecimiento absoluto por los casi treinta años que lleva en Colombia. Cuando le preguntan por qué no se mudó a otro país, responde sin titubear que esa idea nunca le pasó por la cabeza.


—La vida que uno ha montado es la única. En el monte, uno de los guerrilleros me dijo: “Cuando sales de aquí es mejor vivir en el campo tranquilamente, y no tanto en la ciudad”. ¡Y es cierto! Nosotros tenemos ahora una pequeña finca, nos gusta la naturaleza, vivir con perros y gallinas y pájaros. Y la verdad es que todos los vecinos, en el campo, vinieron a disculparse por lo que me pasó en su país: sabían que yo era parte de una comunidad, y no es justo que a uno le pasen tales cosas. Entonces uno está activo entre amigos. Doy clases en universidades y eso me gusta. ¿Voy a ir a vivir en México o en Inglaterra o lo que sea? ¿A qué? Aquí hubo una estadía incómoda, pero tratamos de hacer cosas nuevas. Irse siempre es más difícil.



Esta crónica fue escrita en el año 2018 y forma parte del libro "Voces que construyen", del Centro Nacional de Memoria Histórica en Colombia. El podcast, con voz del entrevistado, fue producido por Akorde FD y puedes escucharlo haciendo clic aquí.



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©2018 by Leo Felipe Campos