Broma cruel

Por Avryl Vizoso


Toqué varias veces y nadie contestó.


Tenía llaves para entrar, pero solo en casos excepcionales: si ella dejaba las suyas dentro, si estaba de viaje y necesitaba algún documento del archivo o que le cuidara sus plantas. Una vez tuve que entrar porque había dejado abierta el agua del lavaplatos.


Éramos amigos. Ella me gustaba. Compartíamos un humor negro que no podía compartir con cualquiera. Mucho menos con una mujer. «No digas cosas así». «Eso no da risa». «El universo no entiende de bromas». Esas eran las típicas frases que me decían mis otras amigas cuando se me escapaba algún comentario cruel.


Con ella era distinto.


Con ella podía decir: «Quiero sacarme los ojos con las manos» o «como sigas así te voy a destripar viva», y ella respondía con risas o con una imagen similar.


Para mi cumpleaños pasado compré una mano ensangrentada, de hule. La guardé en mi mochila a la espera del mejor momento para usarla, o debería decir del peor momento. Esa mañana la acompañé a cuidar al señor de 84 años que ella atendía los jueves. Como cada semana, lo buscamos en su coche. Ella lo ayudó a entrar en el asiento trasero. Yo esperaba de pie en la acera y aproveché de enganchar la mano en la puerta sin que ella lo notase. Cuando el viejo terminó de entrar, ella cerró la puerta.


«¡Cuidado!», le avisé con todas mis fuerzas.


Ella soltó un grito que hizo que las personas que estaban en la calle voltearan a vernos. La mano de hule, ensangrentada, pendía de la puerta del coche. Ella intentaba abrirla con desespero. Temblaba tanto que no encontraba el manillar. Me alejé dos pasos para ver la escena. ¡Qué cómica! Tuve que sentarme en el suelo a reírme de sus nervios.


Ella no entendía hasta que se percató de que dentro del coche estaba el anciano tranquilo, con ambas manos sobre sus piernas, esperando para continuar. Ella se detuvo, observó la mano de hule que colgaba, la arrancó de la puerta y me la lanzó con rabia. Pude atajarla mientras seguía riéndome recostado de la acera. Tardé varias cuadras en secarme las lágrimas de risa, y ella tardó las mismas cuadras en dejar de sudar.


«Me vengaré, ya verás», me dijo con cierta mirada de satisfacción.


Toqué varias veces y nadie abría. Llamé a su móvil y no contestaba. Diez minutos atrás habíamos confirmado que yo vendría a su casa y que luego saldríamos al cine porque ella estaba de cumpleaños. Me aseguré de que el timbre sonara, se escuchaba su eco en el silencio.


“¿Se habrá ido sin mí?”, pensé. Miré el reloj. “Qué raro que no me avisó”.


Esperé unos minutos y volví a tocar. Esta vez di también varios golpes a la puerta. Nada. Después, una patada para asustarla en caso de que se hubiera quedado dormida. Nada. En mi llavero estaban sus llaves. “Te espero adentro de tu casa”, le escribí a su móvil.


Abrí la puerta. El silencio era excepcional.


«¿Hola?», dije. No hubo respuesta.


Definitivamente, no estaba. En un piso de cuarenta metros tendría que haberme escuchado sin dificultad. Desde la cocina, que estaba unida al salón, pude ver lo que parecía un pie en el suelo del estudio. Sentí un pálpito. Enfoqué mejor: era el suyo. Lo reconocí por el tatuaje y palidecí.

«¿Elvira?».


Me acerqué, no sé si rápido o lento, y terminé de detallar sus piernas, la sangre, la pistola, su cara.


«¡Elvira!». Sentí un pánico agresivo.


Me acerqué a su cuerpo tirado en el suelo. Esperaba escuchar su risa saliendo del armario. Esperaba tocar una piel de goma cuando me atreví a palparla. Tardé casi media hora en poder llamar al 112.



* * *

Avryl Vizoso es venezolana, profesora de yoga y narradora, vive en Barcelona, España.


Este relato forma parte de uno de los ejercicios de las sesiones iniciales del Gimnasio Narrativo, revisado y editado para esta revista virtual. Octubre-noviembre 2020. Tercera edición.

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