Al chavista duro, le guste o no

Desde su aparición en la esfera pública, la narrativa del chavismo ha sido política y electoralmente muchísimo más efectiva que la de sus contrarios. Sembrar esperanza en un pueblo a partir del castigo y la recompensa terminó convirtiéndose en un magma rebosado de paradojas, ilusiones y contrasentidos que, a disgusto de los líderes de la oposición, logró una conexión humana sin igual.


El chavismo probó e inventó. Y replanteó el juego gracias a un discurso directo, socarrón y cínico, pero también novedoso en Venezuela, que aseguraba muchas cosas, pero sobre todo una: no volverán.


¿Quiénes eran esos que no iban a volver? Si usted tiene 20 años o menos, es posible que algo haya escuchado, que algo haya leído. Esos que no iban a volver eran los que décadas atrás habían redefinido el modelo republicano con el petróleo como gran motor del desarrollo, con sus vicios, peligros y oportunidades. 


En Venezuela: adecos, copeyanos y pequeños partidos políticos junto a un empresariado que, unas veces majaderos, muchas veces clasistas, otras veces democráticos, la mayoría de las veces arbitrarios y siempre con la riqueza como objeto de deseo, establecieron las líneas dominantes de pensamiento. Su centro fue la clase media. Su olvido: los marginados. 


Fuera de Venezuela: los capitalistas –en general– esos bichos que, reza todavía el discurso oficialista, nacen, crecen, van a universidades privadas para después poner al pobre a pasar hambre, tienen hijos capitalistas y mueren.


El chavismo creció y se hizo sólido como fenómeno político, como fuerza social y como una idea un tanto abstracta, y por eso poderosa, de bienestar común a partir de la reivindicación de los desfavorecidos de siempre. 


Mientras descubrían de qué se trataba su obra, que muchas y variadas ayudas brindó a sus seguidores, desde el propio gobierno se engañaron a sí mismos a partir de una utopía. Quisieron alejarse del estándar, aunque se miraron en el viejo espejo de los socialismos fallidos y los regímenes totalitarios que eligieron una afinidad: todos contra Estados Unidos como causa del horror. 


El poder terminó de fascinarlos más que el pueblo que se los daba. Por estandarizar su modo de ver, aniquilaron la fuerza originaria de su rabia. Aplastaron la duda. Se olvidaron del perdón y abusaron del telemarketing para que no hubiera distancia entre lo público y lo privado. Eso fue inmoral. Como en un circo de la venganza, se lucraron del dolor ajeno. El tiempo corrió veloz, envejecieron rápido. Hoy están enfermos y es su propia máscara la que los mira.


Foto: Los Angeles Times (archivo)


Si algo fue incapaz de lograr el gobierno chavista, con Chávez al frente y ahora con Nicolás Maduro como presidente de Venezuela, fue acabar con el clientelismo, la burocracia, la corrupción y la criminalidad. En muchos casos, la situación empeoró. El país es actualmente, como lo fue hace veinte, treinta y cuarenta años, propiedad de unos pocos que dominan el negocio que se deriva del petróleo y las importaciones. Claro, para todo hay un argumento y el del chavista convencido es el mismo: no hemos logrado extirpar de nuestras vidas el cáncer que genera el capitalismo. Eso nos tomará por lo menos cien años o más. ¡Gua! 


La misma soberbia que consumió a los empresarios y políticos que gozaron de los favores del poder entre los años sesentas y noventas, encegueció y convirtió en furiosos criminales a los funcionarios de hoy. Gracias a la segregación política impulsada y alimentada desde el gobierno, a la Venezuela actual la definen el desencuentro y el desconocimiento del otro. 


Actualmente, quienes apoyan de forma absoluta al gobierno de Maduro, miles de ellos beneficiarios del dinero que les engorda las cuentas desde un ministerio, o desde alguna alcaldía o gobernación controlada por el Psuv, formal e informalmente, no paran de repetir que el chavismo está más fuerte que nunca. Atacan a quienes hasta hace un par de años acompañaban al llamado proceso revolucionario y hoy se muestran críticos, dudosos, espeluznados. Los llaman cobardes, traidores, adecos, burgueses. Vaya novedad: los acusan de hacerle el juego al enemigo.


A esos chavistas irrestrictos les afecta reconocer que ya no son un núcleo indivisible alrededor de un líder único y que, por esa razón, comienzan a parecerse a sus adversarios de la oposición, unos seres erráticos que adoptan tantas formas como impulsan enfrentamientos, que suelen mostrarse desnudos, vulnerables y egoístas. Los mismos que durante los últimos tres lustros han perdido todas las batallas electorales, menos una. 


La diferencia sustancial entre uno y otro grupo es que al chavismo se le agota su narrativa, mientras la oposición sigue aún sin conseguir un hilo discursivo, un argumento claro, una trama convincente, una historia que conecte con los millones de descontentos y les haga creer que ellos, desde el poder, pueden ser los nuevos protagonistas de una reconducción política más saludable. ¿Hace falta decir que el más reciente impulso de la campaña en torno a la MUD es el regreso a Venezuela de Manuel Rosales?


Caerse a cobas es muy fácil. Yo podría poner toda mi fe en que el socialista Jorge Rodríguez me va a prestar uno de sus carros de lujo para sacar a pasear a Scarlett Johansson. Sí. Y en que Diosdado Cabello, desclasado, pobre y honesto, me va a ceder por una noche a dos de sus escoltas para que nos cuiden. Y en que Aristóbulo Istúriz, imagen de la honradez, me va a conseguir un yate para coronar la noche con mi idílica invitada en las tibias aguas del Mar Caribe. Pero pecaría de tener una imaginación muy revolucionaria. 


También podría creer que la coalición de la MUD ganará las próximas elecciones a la Asamblea Nacional por mayoría absoluta y que la nueva Venezuela será una mezcla de Prados del Este, La Lagunita, La Castellana y El Cafetal, con el perdón de los gobernantes del chavismo que viven en esas nobles urbanizaciones. Pero, por favor, en Venezuela el problema y los personajes principales no son Nicmer Evans, Luis Vicente León, Leopoldo López, Roland Denis o César Miguel Rondón. El tema de fondo es que la solidaridad, el respeto y la confianza de la población se fueron a la mierda, tal como ocurrió cuando el chavismo emergió en la esfera pública, aprovechando el descrédito de los partidos políticos tradicionales hasta ese momento.


Les guste o no, hoy el chavismo es un partido tradicional. Les guste o no, la oposición al chavismo no ha logrado tejer un relato potente y con lenguaje propio.


Por eso, quiero recordar que los últimos grandes momentos de aglutinamiento tumultuoso, enérgico y sentimental que vivió el chavismo fueron el cierre de la última campaña presidencial de Hugo Chávez en Caracas, en 2012, y su velorio de varios días en el paseo Los Próceres, también en la capital venezolana, en 2013. Ambos episodios rozaron la épica. Y que, desde entonces, sus líderes han deambulado con más pena que gloria tratando de aferrarse a la memoria emotiva y a tantas guerras externas como han podido inventar para no naufragar en sus propias miserias, mientras el país colapsa social y económicamente. 


Por eso, me atrevo a decir que si no lo saben, creo que al menos lo intuyen: será su propio electorado, el próximo 6 de diciembre, el que decidirá si la narrativa desde el oficialismo comienza a modificar el discurso del “no volverán” por un “déjennos volver”.


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Este artículo de opinión fue publicado originalmente en octubre de 2015 en el portal Contrapunto.com

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